Capítulo 16 – La canción que no cabía en un expediente

Capítulo 16: “La canción que no cabía en un expediente”

Manuel Ibarra Trujillo — 2026-02-04

El día siguiente amaneció como si nada hubiera pasado. El sol salió igual, el vecino barrió su vereda igual, el mototaxi volvió a tocar bocina igual. Esa era una de las crueldades del barrio: la vida sigue aunque alguien se haya quedado sin techo o sin plata para el mes.

En la casa de Regina, sin embargo, el aire estaba distinto. Había niños durmiendo en colchones prestados. Había bolsas apiladas en una esquina. Había una tristeza silenciosa que se movía por la cocina con el sonido de cucharas y ollas.

Y había un papel que pesaba más que cualquiera de esos bultos: la noticia del caso de alimentos. Esa pensión reducida que, en la práctica, era casi una broma.

Regina no se levantó para ir a clases.

No fue “flojera”. Fue una decisión que le cayó encima como un portazo interior.

Si el Derecho era para proteger, ¿por qué no protegía?

Si existía el debido proceso, ¿por qué la vecina terminó en la calle?

Si todo tenía “etapas”, ¿por qué la necesidad no tenía paciencia?

Esa mañana, Regina apagó la alarma, se dio la vuelta y se quedó mirando el techo, como si ahí hubiera una respuesta.

Puerta cerrada, corazón abierto

Daniela golpeó la puerta con suavidad.

“Hija, ¿no vas a la universidad?”, preguntó, con voz baja, como quien no quiere romper lo poco que queda en pie.

Regina no contestó al inicio. El silencio era su forma de sostenerse cuando todo le exigía más de lo que podía dar.

“Regina…”, insistió Daniela. “¿Estás bien?”

Regina respondió sin girarse: “No voy”.

“¿Por qué?”

Regina sintió que la rabia le subía como calor. No quería gritar, pero las palabras salieron duras, cortas, como golpes de púa en una cuerda.

“Porque no sirve, mamá. Porque todo eso que me enseñan… no sirve. Mira lo que pasó contigo. Mira a la vecina”.

Del otro lado de la puerta hubo un silencio. Daniela no discutió. No la corrigió. No le soltó un “estás exagerando” que a Regina le habría terminado de romper la calma.

Solo dijo: “Ya… descansa un rato. Luego conversamos”.

Regina escuchó pasos alejándose. Se quedó sola con el ruido de su propio pensamiento. Sintió una presión en el pecho, una frustración que no se descargaba con lágrimas.

En ella, a veces, la tristeza no llora: se vuelve idea fija.

Una guitarra como salvavidas

Se sentó en la cama. Tomó la guitarra. La apoyó en las piernas como quien agarra un salvavidas.

La guitarra era el único lugar donde Regina no necesitaba que el mundo le diera permiso para sentir.

Empezó con un acorde menor, sin pensarlo. Luego otro. Luego un patrón. Su mano derecha buscó un ritmo que no fuera bonito, sino honesto: irregular, como su respiración.

No quería componer para sonar bien. Quería componer para no reventar por dentro.

Cantó bajito al inicio, casi como si tuviera vergüenza de su propia voz. Después la voz salió más clara, quebrada en algunas partes, firme en otras. No importaba la afinación perfecta. Importaba el mensaje.

La letra que le salía no tenía tecnicismos. No decía “tutela” ni “debido proceso”. Decía cosas más simples, y por eso más filudas.

Que el papel no abriga.

Que el sello no llena la olla.

Que una puerta “legal” no sirve si llegas tarde.

Que los gritos ganan cuando nadie escucha.

Regina no lo pensó como poesía. Lo pensó como verdad.

Volvió a tocar. Cambió el ritmo. Hizo una pausa larga. Las pausas eran parte de su forma de hablar. En música también.

Y sin querer, en medio de ese desahogo, apareció una frase que la sorprendió a ella misma. Como si no la hubiera escrito su rabia, sino su parte más profunda.

“Si el mundo empuja fuerte, yo aprendo a empujar con palabras.”

Regina

Regina se quedó quieta. Repitió esa línea varias veces, probando la melodía. Le salía triste, sí, pero también le salía con dirección. Con un punto al que mirar cuando todo era puro ruido.

Afuera, Daniela escuchó. No al principio. Luego sí. Porque en una casa pequeña, cuando alguien canta con verdad, la verdad se filtra por debajo de la puerta.

Daniela se quedó unos segundos en el pasillo, sin interrumpir. Dejó que la canción termine. Dejó que Regina respire.

Conversar sin aplastar

Luego tocó la puerta otra vez. “¿Puedo pasar?”, preguntó.

Regina dudó. Compartir su música era más íntimo que mostrar un cuaderno. Pero igual dijo: “Pasa”.

Daniela entró con cuidado, como si el cuarto fuera una iglesia. No por solemnidad, sino por respeto. Se sentó en el borde de la cama.

Regina bajó la mirada, apretando el mástil de la guitarra.

“No me salió bonita”, dijo, como defensa preventiva.

Daniela negó con la cabeza. “No tiene que ser bonita. Tiene que ser tuya”.

Regina tragó saliva. Sentía vergüenza y alivio a la vez, como si le hubieran descubierto una herida y, al mismo tiempo, le hubieran puesto la mano encima sin apretar.

Daniela se quedó mirando la guitarra. “¿Sabes qué escuché?”, dijo. “Escuché que estás cansada. Que estás dolida. Y que no quieres que nos pase por encima lo mismo de siempre”.

Regina apretó los labios. “Nos pasaron por encima igual”.

Daniela tomó aire. Esta vez habló sin dramatismo, pero con una firmeza que Regina no siempre le había oído.

“Sí. Pasó. Y duele. Pero no me digas que no sirvió lo que hiciste”.

Regina la miró por primera vez.

Daniela continuó: “Cuando tu papá vino a gritar, tú hiciste que el grito no mande. En la audiencia, tú hablaste con calma y nos respetaron”.

“Con la vecina, tú evitaste que ese primer día la sacaran. Y aunque ayer la sacaron…”, la voz se le quebró un poco, pero siguió, “tú no la dejaste sola. La trajiste acá. La cuidaste. Hiciste que no se rompa por completo”.

Regina sintió un golpe en el pecho. Porque en su cabeza “servir” era solo ganar. Solo resultado. Solo sentencia perfecta. Y Daniela le estaba mostrando otro tipo de utilidad: la de sostener a alguien cuando el sistema falla.

“Pero el Derecho…”, Regina quiso decir “no la salvó”, “no nos dio lo suficiente”.

Daniela no la dejó terminar con el mismo tono de antes. No la calló, pero la completó: “El Derecho no es magia, hija. Y yo lo aprendí contigo”.

“Yo antes pensaba que era ‘voy, pido y me dan’. No. Es lento. A veces injusto. A veces se equivoca”.

“Pero si tú te vas, si tú dejas de estudiar, ¿quién va a saber qué hacer la próxima vez? Porque la próxima vez va a venir. Tú lo sabes. En este barrio siempre viene otra”.

Regina sintió que la frase “si tú te vas” le pesaba. No como chantaje, sino como realidad dura: las injusticias no paran porque tú cierres el cuaderno.

Daniela puso su mano sobre la guitarra, sin tocar las cuerdas.

“Yo estoy orgullosa”, dijo.

Regina frunció el ceño, incómoda. No le gustaba sentirse “expuesta”.

Daniela lo notó y no insistió con palabras bonitas. Lo dijo de otra forma, más útil para Regina: “Estoy orgullosa porque fuiste firme sin ser cruel”.

“Porque aprendiste y lo aplicaste. Porque no prometiste milagros. Porque no dejaste que el miedo decida. Eso vale”.

Regina sintió que se le humedecían los ojos, pero no lloró. Solo respiró más hondo.

“No quiero estudiar si no protege a nadie”, susurró.

“Entonces estúdialo para que proteja mejor. No para ganar siempre, sino para que el abuso no sea lo normal.”

Daniela

Regina bajó la mirada. Esa frase no era consuelo; era tarea.

Entendió algo que no estaba en el sílabo: el Derecho también se aprende en la derrota. Y la derrota no necesariamente significa “no sirvió”. A veces significa “falta”.

Falta información. Falta estrategia. Falta prueba. Falta insistencia. Falta gente que no se rinda. Falta tiempo, que es lo más injusto cuando hay hambre.

Un mapa incompleto

Regina miró el cuaderno en su escritorio. Lo abrió. Releyó sus apuntes. Esta vez no le parecieron un chiste.

Le parecieron un mapa incompleto, sí, pero mapa al fin.

Miró a Daniela. “Mamá”, dijo, “no te prometo que me va a gustar. Ni que no me vaya a cansar otra vez”.

Daniela asintió. “No te pido que te guste. Te pido que no te rindas hoy, con el dolor fresco”.

Regina respiró. Uno, dos, tres… quince. Y sintió que, dentro del caos, esa era una decisión posible: no rendirse hoy.

La mochila y la letra

Esa tarde, Regina se bañó, se cambió y, aunque ya era tarde para la clase que se había perdido, preparó su mochila como si fuera a ir al día siguiente.

Metió el cuaderno, el lapicero y, por primera vez en semanas, metió también un papel con la letra de su canción.

No para cantarla en clase. Para recordarse que su rabia tenía una forma, y que esa forma podía convertirse en impulso, no en renuncia.

Antes de dormir, afinó la guitarra y tocó la línea que más le había sorprendido. Esta vez, la tocó más suave.

“Si el mundo empuja fuerte, yo aprendo a empujar con palabras.”

Regina

No era un juramento perfecto. Era un comienzo.

La frustración frente a decisiones insuficientes o abusos ejecutados por la fuerza puede dejar la sensación de que el Derecho “no sirve”. A veces se confunde el valor de la herramienta con la rapidez, o con la perfección, de sus resultados.

Aprender Derecho también es aprender sus límites: sostener criterios éticos, no prometer lo que no existe, no improvisar cuando la vida de otro está en juego. Y acompañar a las personas afectadas mientras se activan vías formales, aunque el trámite sea lento.

Persistir en la formación no significa negar la realidad. Significa aceptar que la protección efectiva requiere conocimiento, estrategia y constancia. Si el abuso se impone, la respuesta institucional puede tardar, pero el silencio y la renuncia lo vuelven costumbre.

Preguntas para estudiantes

  1. ¿Por qué una derrota judicial o un abuso por fuerza puede llevar a pensar que el Derecho “no sirve”? ¿Qué elementos de esa percepción son emocionales y cuáles estructurales?
  2. ¿Qué diferencia hay entre “el Derecho como norma” y “el Derecho como práctica institucional”? ¿Cómo influye eso en la expectativa de resultados?
  3. ¿Qué límites éticos debería imponerse un estudiante cuando orienta a terceros para no cargar con una responsabilidad imposible?
  4. ¿Cómo puede el acompañamiento (alojar, registrar, orientar) ser parte de una tutela real aun cuando el sistema no responda rápido?
  5. ¿Qué harías tú, como estudiante, para transformar la frustración en un plan de aprendizaje concreto (qué estudiar, qué preguntar, a quién acudir)?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *