Capítulo 17 – La pregunta que incomoda

La pregunta que incomoda

Capítulo 17

Manuel Ibarra Trujillo — 2026-02-04

Regina volvió a clases con la sensación de estar entrando a un lugar que ya no era neutro. Antes, el aula era un espacio para aprender conceptos y ponerles nombre a las cosas. Ahora era también un espacio para pelear con una idea: que el Derecho, en la realidad, llega tarde.

Caminó por el pasillo con audífonos sin música. No quería desaparecer del mundo; solo quería bajarle el volumen para poder sostenerse. Llegó temprano, eligió su lugar de siempre y abrió el cuaderno sin ceremonia.

En la primera hoja, entre apuntes y esquemas, estaba la letra de su canción doblada como un secreto.

El método y las heridas

El profesor entró, miró al aula y empezó como siempre: sin exceso, sin ceremonia.

“Hoy seguimos con el método”, dijo. “Porque en Derecho, el método es lo único que te salva cuando el caso te quiere romper”.

Regina levantó la mirada. Eso es exactamente lo que me pasó, pensó.

El profesor preguntó si alguien quería comentar una experiencia donde la teoría se choque con la realidad. Hubo silencio. Un silencio típico: nadie quiere ser el primero en mostrar heridas.

Regina levantó la mano.

El aula se movió apenas. Algunos la miraron con curiosidad. Ella se puso de pie sin mirar a nadie. Miró al borde del pizarrón.

“Profe, tengo dos casos”, dijo. “No diré nombres ni lugares exactos”.

El profesor asintió con un gesto mínimo, como quien dice: adelante.

Dos casos

Regina habló en bloques, como si armara un expediente oral.

“Caso uno: alimentos. Se hizo demanda, se notificó, hubo contestación, se ofreció prueba. Salió decisión, pero fijaron una pensión que no cubre necesidades básicas. El argumento principal fue que el obligado no tiene ingresos fijos. El resultado: en la práctica, la necesidad sigue”.

Un murmullo bajo cruzó el aula. Era un murmullo conocido: mucha gente había visto eso.

“Caso dos: desalojo. Se intentó prevenir una vía de hecho. Se dejó evidencia, se buscó orientación. Aun así, la propietaria llegó con varias personas y sacó a la familia. Cambió la chapa. Los niños terminaron en la calle”.

Esta vez el murmullo se apagó. El aula se quedó quieta.

Regina tragó saliva. Y ahí soltó lo que le pesaba desde hacía días, sin adornos y sin agresión, pero con la crudeza de quien ya no puede fingir.

“Usted nos enseñó tutela jurisdiccional efectiva y debido proceso. Nos enseñó que el proceso protege, que hay reglas, que no se puede abusar. Entonces mi pregunta es…”, hizo una pausa. “¿Qué se hace cuando el proceso no cumple con lo que usted dijo y no protege?”

La pregunta cayó como una piedra en el aula. No era un reto adolescente. Era un reclamo honesto. Y por eso incomodaba.

Insistir

El profesor no respondió rápido. Miró a Regina con una expresión difícil de leer: no era dureza contra ella, era dureza contra el problema. Se tomó un segundo, como si escogiera las palabras exactas.

“Se hace algo que casi nadie quiere hacer”, dijo al fin. “Se insiste”.

El aula se mantuvo en silencio.

El profesor caminó despacio hacia el pizarrón, pero no escribió nada. Esta vez no era clase de esquema; era clase de verdad.

“Mira”, continuó, ya dirigiéndose a Regina pero hablando para todos. “El Derecho no es un amuleto. No funciona por existir en un libro. Funciona cuando alguien lo activa, lo empuja, lo exige y lo sostiene. Y eso cuesta”.

Regina sintió que la frase le pegaba donde dolía. Cuesta. Ella lo sabía. Lo estaba pagando en cansancio.

“El Derecho no es un amuleto. Funciona cuando alguien lo activa, lo empuja, lo exige y lo sostiene”.

El profesor siguió, breve pero contundente, como quien ha visto demasiados casos para romantizar.

“Cuando una decisión es insuficiente, tú no lloras el expediente. Lo trabajas. Revisas qué se probó, qué no se probó, qué quedó débil, qué argumento fue aceptado y por qué. Si el obligado dice ‘no tengo ingresos’, tú aprendes a demostrar posibilidades, patrones, contradicciones, gastos, capacidad real. No inventas. Pruebas”.

Regina sintió un pinchazo de rabia: ¿y si no hay cómo probar? Pero el profesor no era ingenuo.

“Y si no se puede probar más”, añadió, anticipándose, “entonces aceptas una verdad dura: el sistema decide con lo que tiene. Por eso un abogado vive con una obsesión legítima: construir sustento. No para ganar por ganar. Para que la necesidad no se pierda en excusas”.

Regina apretó el lapicero.

Que no se vuelva normal

El profesor giró hacia el segundo caso.

“Sobre el desalojo por fuerza”, dijo, “ahí el proceso falló porque llegó tarde, sí. Pero lo ocurrido no se vuelve ‘legal’ por haber pasado. Se documenta. Se denuncia. Se exige. Y aunque no reviertas el daño ese mismo día, evitas lo más peligroso: que quede como normal”.

Regina levantó la ceja, casi sin querer.

“¿Y si igual no pasa nada?”, preguntó, sin insolencia; con cansancio.

El profesor la miró con una calma que no era consuelo.

“Entonces aprendes lo que significa ser abogado de verdad”, respondió. “Significa que hay días en que haces todo bien y aun así pierdes. Y aun así vuelves al día siguiente. Porque si tú no vuelves, gana la fuerza. Gana el abuso. Y lo que hoy te indigna, mañana se vuelve costumbre”.

Esa última palabra, costumbre, le dolió a Regina como una cuerda mal afinada. Porque ella había visto cómo el barrio se acostumbraba a todo: a gritos, a cortes, a “así es”.

El profesor remató, sin levantar la voz, pero con una firmeza que no dejaba espacio para romanticismos.

“La justicia no es un resultado, Regina. Es una práctica. Es disciplina. Es paciencia. Es aguantar la frustración sin volverte cínica. Es saber que tu vida profesional va a estar llena de gente que llega cuando ya está herida, y tú igual tienes que tener la cabeza fría para coser lo que se pueda coser”.

“La justicia no es un resultado. Es una práctica”.

La clase seguía. Pero en ese momento el aula se sintió distinta. No como un lugar que promete, sino como un lugar que advierte.

Regina bajó la mirada, y por primera vez no sintió que el profesor la estaba corrigiendo. Sintió que la estaba ubicando en el oficio.

“¿Y vale la pena?”, se le escapó.

El profesor no respondió con frases motivacionales. Respondió como alguien que ha elegido vivir en ese borde.

“Vale cuando recuerdas que tu trabajo no es salvar el mundo”, dijo. “Es impedir que el abuso tenga la última palabra. A veces será una sentencia. A veces será una medida. A veces será una constancia. A veces será que alguien no se quede solo”.

Hizo una pausa corta, lo suficiente para que no sonara bonito, sino real.

“Pero si buscas garantías perfectas, te vas a romper. Si buscas pelear cada centímetro de justicia, te quedas”.

Regina sintió un silencio dentro de sí. No era alegría. Era comprensión dolorosa.

Reglas personales

Se sentó lentamente. El aula seguía quieta. Nadie se burló. Nadie rió. A veces, cuando una pregunta es real, hasta los que quieren bromear se quedan sin herramientas.

Regina escribió en su cuaderno, no como apunte de examen, sino como regla personal:

“El Derecho no protege solo: se empuja”.
“Si no insistes, el abuso se vuelve costumbre”.

Sintió un nudo en la garganta. No por tristeza solamente. Por el peso de lo que implicaba: estudiar Derecho no era “aprender normas”. Era prepararse para sostener conflictos que no te van a agradecer, que a veces te van a escupir, y que muchas veces te van a pagar con nada.

Y aun así, había algo profundamente humano en eso. Algo que conectaba con su canción. Empujar con palabras.

Después de la clase

Al final, cuando los demás salían, el profesor guardó sus papeles con calma. Regina se quedó unos segundos, ordenando su mochila como si el orden externo pudiera ayudar con el interno.

El profesor no la detuvo para elogiarla. No necesitaba. Solo dijo, al pasar por su lado: “No te enamores del discurso. Enamórate del trabajo”.

Regina asintió, sin mirar mucho.

Cuando salió al pasillo, el ruido volvió, pero ya no la golpeaba igual. No porque fuera menos, sino porque ella tenía algo nuevo: una idea dura, pero útil.

Que lo ocurrido no era prueba de que el Derecho no sirva. Era prueba de que el Derecho es una lucha, no una garantía automática. Y que si ella quería que su barrio no viva a punta de empujones, no podía abandonar el único lenguaje que pone límites sin violencia.

Esa tarde, Regina no se sintió motivada.

Se sintió comprometida.

Y, para ella, eso era más serio.

Idea clave

La brecha entre la teoría y la realidad no invalida el Derecho: revela que su eficacia depende de activación, prueba, estrategia y persistencia. La tutela jurisdiccional efectiva y el debido proceso son estándares que deben exigirse, no promesas que se cumplen solas.

Cuando una decisión resulta insuficiente, el abogado analiza el razonamiento, refuerza sustento y usa las herramientas disponibles; cuando ocurre una vía de hecho, registra, denuncia y busca respuesta institucional para evitar que el abuso se normalice.

La práctica profesional implica convivir con frustraciones sin caer en cinismo: trabajar para que la fuerza no sea el criterio final.

Preguntas para estudiantes

  1. ¿Qué significa “activar” el Derecho en un caso concreto y por qué no basta con que exista la norma?
  2. En un proceso de alimentos, ¿qué tipo de sustento ayudaría a discutir el argumento “no tengo ingresos fijos”?
  3. Frente a un desalojo por fuerza, ¿qué objetivos realistas puede perseguir un abogado en el corto plazo y en el mediano plazo?
  4. ¿Cómo evitar el cinismo profesional cuando los resultados no son los esperados pese a haber actuado correctamente?
  5. ¿Qué límites debería tener la expectativa del cliente sobre lo que el Derecho puede lograr “a tiempo”?

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