El último oral y la razón verdadera
Capítulo 18
El borde
El último día de clases no se sentía como cierre. Se sentía como borde. Regina lo percibía así: como cuando una canción llega a su último compás y el silencio siguiente puede ser descanso… o puede ser vacío.
En el campus, los pasillos tenían esa energía rara de final de ciclo: gente con carpetas apretadas, risas de alivio mezcladas con nervios, planes para “celebrar” y planes para “sobrevivir”. Regina caminó con audífonos sin música y una ruta clara: aula, esquina, pared, puerta visible.
Era su pequeño sistema para que el mundo no le explote encima. No era capricho. Era orden, y el orden la sostenía cuando el ruido del entorno se le metía por los poros.
El examen era oral. Otra vez. Y el profesor era el mismo: exigente, sin teatralidad, con esa forma de evaluar que no premiaba memoria sino criterio. A Regina le incomodaba y le gustaba a la vez, como una cuerda dura que te obliga a afinar bien.
Se sentó, abrió el cuaderno y repasó lo esencial sin adornos. Lo que debía poder explicar sin ponerse a decorar la idea con palabras bonitas.
- Jerarquía de normas
- Tutela jurisdiccional efectiva
- Debido proceso
- Hechos, prueba, sustento normativo
- Proceso: demanda, notificación, plazos, contestación
- Vías de hecho y cómo no normalizarlas
- Ética mínima: orientar sin prometer, insistir sin mentir
La diferencia con el primer oral era una sola, pero enorme: ahora esas palabras tenían caras.
La pregunta más difícil
El profesor entró, dejó su carpeta sobre la mesa y no anunció el examen de inmediato. Miró al aula como si quisiera ver algo más allá de las libretas.
“Antes de preguntarles Derecho, quiero preguntarles algo que es más difícil. ¿Por qué decidieron estudiar Derecho? Y hoy, último día, ¿esa razón sigue viva o se les ha muerto en el camino?”
Nadie habló al principio. El aula se movió en murmullos, como si todos buscaran la respuesta en el bolsillo equivocado. Regina sintió que esa pregunta era más peligrosa que cualquier definición, porque no se respondía con teoría.
El profesor señaló a una estudiante. “Tú.” La chica respondió que quería “cambiar el país”. El profesor no se burló; solo preguntó, con calma: “¿Y ya sabes cuánto cuesta intentar cambiarlo?”
Otro dijo que entró por tradición familiar. Otro, por “seguridad laboral”. Otro, porque no sabía qué estudiar. Las respuestas iban cayendo como piezas distintas del mismo rompecabezas: ilusión, necesidad, presión, incertidumbre.
Algunos admitieron que su idea inicial se había quebrado. Otros dijeron que se había fortalecido. El profesor escuchaba sin intervenir demasiado, pero cuando lo hacía era con precisión: una pregunta breve que obligaba a pensar, sin permitir escondites.
Regina se quedó callada todo el tiempo. No por timidez. Su respuesta no era una frase. Era una historia entera, y elegir dónde empezar le costaba.
“Regina”, dijo el profesor al final. “Te falta.”
El aula giró hacia ella. Regina sintió el golpe sensorial de tantas miradas juntas. Respiró. Uno, dos, tres… quince. Se puso de pie sin prisa, mirando al pizarrón para no perderse.
“Yo no quería estudiar Derecho”, dijo, directo. “Yo quería ser música.”
Un par de estudiantes se miraron sorprendidos. El profesor no cambió el gesto. Regina continuó, sin nombres, sin detalles innecesarios, como si estuviera construyendo un relato en hechos.
“Entré porque en mi casa empezaron a pasar cosas injustas. Un proceso de alimentos. Un desalojo por fuerza. Gente que grita, amenaza, empuja… y uno no sabe qué hacer. Yo entré para entender cómo poner límites.”
Hizo una pausa corta. No para dramatizar, sino para acomodar el aire en el pecho.
“Antes creía que estudiar Derecho era aprender reglas para que la justicia funcione. Ahora creo que es aprender reglas para empujar la justicia cuando no funciona.”
El aula quedó en silencio. Regina sintió un nudo en la garganta, pero no se permitió quebrarse ahí. No por orgullo: por control. Las emociones fuertes la podían desordenar, y el desorden le cobraba caro.
El profesor habló sin elogio, sin sentimentalismo: “Bien. Si te quedas en esa idea, vas a sobrevivir al oficio.”
Regina se sentó. Sintió el pulso en las manos. La pregunta no había sido un trámite; había sido un filtro.
El oral
Entonces el profesor retomó lo inevitable. “Ahora sí. Examen oral. Uno por uno. Y aviso: no quiero frases bonitas. Quiero razonamiento.”
Miró la lista. “Regina, vienes primero.”
Regina sintió el golpe de adrenalina. Ser primera era peor que ser última: no había tiempo de ver cómo pregunta. Pero también era coherente con su vida: a ella siempre le tocaba entrar al problema sin ensayo general.
Se puso de pie. El profesor adoptó el mismo estilo del primer oral: preguntas cortas, exigencia alta, cero complacencia. No levantaba la voz. No necesitaba.
“Empieza. Tutela jurisdiccional efectiva. Pero no la recites.”
Regina se ubicó con un punto fijo, respiró, y respondió con método. “Es que el acceso a la justicia sea real: que puedas presentar tu pretensión, que el proceso avance sin laberintos injustificados y que haya una respuesta que pueda ejecutarse. No basta tener derecho; necesitas una vía que lo haga efectivo.”
“Bien”, dijo el profesor. “¿Y cuándo se vulnera?”
“Cuando el trámite se convierte en barrera: cuando no notifican, cuando se paraliza sin razón, cuando se decide sin escuchar, cuando se demora de forma que el daño ya ocurrió.”
El profesor asintió apenas, como quien acepta la lógica y sigue avanzando.
“Debido proceso. Dime sus piezas mínimas. Y dime para qué sirven.”
Regina enumeró sin correr: “Notificación, para conocer el proceso. Defensa, para responder. Prueba, para sostener lo que afirmas. Motivación, para que la decisión tenga razones controlables. Igualdad de trato, para que el poder o el volumen no definan el resultado.”
“Jerarquía de normas”, dijo el profesor. “¿Por qué te importa si estás defendiendo a alguien en un caso real?”
Regina no cayó en teoría abstracta. “Porque las reglas del procedimiento no pueden aplicarse contra garantías superiores. Si una práctica o decisión menor desconoce defensa o acceso real, se cuestiona. La jerarquía sirve para recordar que el proceso está al servicio de la justicia, no al revés.”
El profesor caminó dos pasos. “Ahora un caso. Te llega una persona desalojada por la fuerza. Chapa cambiada. Cosas en la calle. ¿Qué haces en las primeras horas?”
Regina sintió la escena como si la estuviera viendo otra vez. Pero habló sin dramatizar: “Primero, seguridad de la familia. Segundo, evidencia: fotos, videos, testigos, documentos. Tercero, dejar constancia formal de la vía de hecho y activar la vía adecuada para frenar o reparar. No discutir en la puerta como si fuera sentencia. Y si hay riesgo inmediato, actuar en función de eso.”
El profesor la miró. “¿Y en qué parte entra la ley? Porque no basta decir ‘esto está mal’.”
Regina asintió, porque esa era la lección dura que aprendió: “En el fundamento normativo: explicar por qué esa conducta no es un desalojo regular, sino una vía de hecho que vulnera garantías. Y sostenerlo con hechos y pruebas. La ley convierte el reclamo en exigencia, no en queja.”
El profesor guardó un segundo de silencio, luego lanzó otra pregunta, típica de él: “¿Qué error comete el estudiante cuando cree que el Derecho protege solo?”
Regina respiró. “Confunde existencia con eficacia. Cree que por estar escrito se cumple. Y se frustra cuando ve que hay que insistir, sustentar y empujar.”
El profesor inclinó la cabeza apenas. “Y el último: ética. ¿Qué no debes hacer cuando orientas a alguien siendo estudiante?”
Regina contestó sin dudar: “Prometer resultados. Hablar como si fuera certeza. Tomar decisiones por la persona. Lo correcto es ordenar hechos, orientar a vías responsables y reconocer límites.”
El profesor cerró su carpeta un poco, como si ya tuviera lo que necesitaba. No sonrió. No dijo “excelente”. Su forma de reconocer era otra: precisión.
“Ya está. Si mantienes ese método cuando el caso te insulte, cuando el cliente te culpe, cuando el sistema te canse, entonces podrás litigar sin volverte cínica. Si lo pierdes, te vuelves ruido.”
Regina asintió. Esa frase era su tipo de motivación: no aplauso, sino advertencia útil.
Se sentó. Sintió el cuerpo pesado y liviano a la vez. Pesado por el esfuerzo. Liviano porque, pese a todo, había podido sostener una idea en pie.
Mientras el profesor llamaba al siguiente, Regina entendió que el examen no era solo una nota. Era una comprobación íntima: no se había quedado estudiando para entender bonito. Se había quedado para resistir.
Salir sin hundirse
Lo ocurrido con su mamá y su vecina no desaparecía. No se resolvía con un oral. Pero ahora tenía una diferencia clave: ya no le pedía al Derecho que sea milagro. Le pedía que sea herramienta, y a ella misma le pedía ser mano.
Y eso, por extraño que suene, le devolvía control.
Al salir del aula, el ruido del pasillo volvió. Regina se puso los audífonos, pero esta vez sintió que no los necesitaba tanto. Caminó despacio, con la mochila bien puesta, y se detuvo un segundo en el patio.
Vio a estudiantes riendo, otros preocupados, otros celebrando el final. Regina no celebró. Pero tampoco se hundió.
Sacó del cuaderno la letra de su canción y la volvió a doblar con cuidado. No era un símbolo cursi. Era su recordatorio de que su historia no cabía en un expediente, pero sí podía empujar expedientes.
Se fue pensando que, quizá, el Derecho no la alejaba de la música. La estaba enseñando a lo mismo, de otra forma: a sostener el ritmo cuando todo quiere romperse.
La formación jurídica se consolida cuando el estudiante puede explicar instituciones —tutela jurisdiccional efectiva, debido proceso, jerarquía normativa, sustento probatorio y normativo— como herramientas aplicables a casos concretos, sin depender de definiciones recitadas. El interrogatorio sobre la motivación personal revela otra dimensión del oficio: estudiar Derecho no garantiza justicia automática, sino capacidad para activarla mediante método, ética, persistencia y evidencia. El abogado aprende a vivir en la tensión entre lo que debería ser y lo que es, sin rendirse al cinismo ni caer en promesas vacías.
Preguntas para estudiantes
- ¿Cómo cambia tu motivación por estudiar Derecho cuando te enfrentas a casos reales donde el sistema falla o llega tarde?
- ¿Qué elementos mínimos del debido proceso consideras “no negociables” y por qué?
- En un caso urgente como un desalojo por fuerza, ¿qué priorizarías en las primeras 24 horas y por qué?
- ¿Cuál es el mayor riesgo ético de orientar siendo estudiante y cómo lo evitarías?
- ¿Qué significa para ti “empujar la justicia” sin convertirte en ruido?


