Ajustar la afinación
Epílogo
Regina no volvió a casa con una nota en la mano, ni con la sensación de “triunfo”. Volvió con algo menos vistoso y más raro: una claridad incómoda.
En el camino compró pan y un poco de arroz. Lo hizo como siempre, con una lista mental y audífonos sin música. El barrio seguía siendo el barrio: el mismo ruido, los mismos apuros, los mismos “ya fue” flotando en las conversaciones como si fueran una ley natural.
Pero Regina ya no podía escuchar ese “ya fue” sin que le picara por dentro.
Regreso al refugio
En casa, Daniela estaba terminando de servir la cena. La vecina y sus hijos seguían ahí, acomodados como podían. Nadie lo decía en voz alta, pero era evidente: el hogar de Regina se había vuelto refugio.
“¿Cómo te fue?”, preguntó Daniela, sin dramatismo, como quien sabe que algunas cosas se cuentan con el cuerpo antes que con palabras.
Regina dejó la mochila en el suelo y respondió: “Bien”.
No añadió más. Daniela entendió que “bien”, en la boca de Regina, no era entusiasmo: era “lo sostuve”.
La vecina, desde la esquina del comedor, la miró con esa mezcla de gratitud y vergüenza que tienen quienes piden ayuda sin querer pedirla.
“Hijita”, dijo, “¿y ahora qué hacemos?”
Regina se quedó un segundo en silencio, porque esa pregunta ya no le parecía una pared. Le parecía una ruta.
Se sentó en la mesa y abrió su cuaderno. No como acto teatral. Como quien abre una herramienta.
“Ahora hacemos dos cosas”, dijo Regina. “Una por el caso de mi mamá. Otra por el tuyo.”
Daniela dejó de mover la cuchara y se quedó escuchando.
Dos rutas, sin prometer milagros
Regina habló sin adornos y sin prometer milagros. “La pensión es baja porque el proceso decidió con lo que tuvo”, dijo. “Si el argumento fue ‘no tiene ingresos fijos’, entonces lo que toca es reforzar sustento: demostrar gastos reales, necesidades y, si se puede, indicios de capacidad.”
“No es gritar ‘injusto’”, añadió. “Es trabajar el expediente.”
Daniela apretó la taza. “¿O sea que hay que seguir?”
Regina asintió. “Sí. Pero con estrategia y con calma. No para pelear por orgullo, sino para que la necesidad no quede en ‘poquito’ como si fuera normal.”
Daniela no sonrió, pero su rostro se relajó un poco. Como si escuchar “hay ruta” le devolviera aire.
Luego Regina miró a la vecina. “Lo que te hicieron no se vuelve correcto porque ya pasó”, dijo. “Tenemos video, fotos, testigos. Hoy mismo dejamos constancia. No para vengarnos. Para que no sea invisible.”
La vecina bajó la mirada. “Yo solo quiero mi cuarto…”
Regina sintió el dolor de esa frase, pero no la convirtió en promesa. “No te voy a decir que mañana te lo devuelven”, respondió. “Pero sí te digo esto: si no lo registramos, mañana se lo hacen a otra. Y pasado mañana, a cualquiera.”
La vecina respiró hondo, como si por fin entendiera que “denunciar” no era solo reclamar: era proteger a futuro.
Daniela, que hasta ese momento había estado en silencio, soltó una frase simple: “Eso es lo que tú haces, hija. No dejas que nos acostumbremos.”
Regina se quedó quieta. Esa frase le pegó más que cualquier elogio académico. No era “eres buena”. Era “eres necesaria”.
Afinación
Más tarde, cuando todos se durmieron, Regina se quedó sola en su cuarto. Sacó la guitarra y tocó la canción que había escrito, pero más despacio, como si la estuviera afinando de nuevo.
Había cambiado algo: ya no sonaba solo a rabia. Sonaba a decisión.
Se detuvo en la línea que había nacido sin permiso:
“Si el mundo empuja fuerte, yo aprendo a empujar con palabras.”
Esa frase no le prometía un final feliz. Le prometía constancia.
Regina guardó la guitarra y abrió su cuaderno por una página nueva. Escribió el título de la siguiente etapa como quien abre un capítulo sin saber cómo terminará: “Segundo ciclo: herramientas que sí llegan.”
Luego apagó la luz.
Cierre
Afuera, el barrio seguía igual. Pero adentro, algo había cambiado: Regina ya no esperaba que el Derecho la salve. Esperaba aprenderlo lo suficiente como para que, algún día, el abuso no tenga la última palabra.
Y esa expectativa, aunque pesada, era una forma de esperanza. Una esperanza con método. Una esperanza que no grita.
La experiencia de Regina muestra que el Derecho no opera como protección automática: necesita sustento, estrategia y persistencia.
Una pensión insuficiente obliga a revisar el razonamiento y fortalecer prueba para evitar que la necesidad quede reducida a cifras simbólicas. Un desalojo por fuerza exige dejar constancia y activar rutas institucionales para que el abuso no se normalice.
La formación jurídica madura cuando el estudiante entiende que “justicia” es trabajo constante: no negar la realidad, sino enfrentarla con método, límites éticos y compromiso.
Preguntas para estudiantes
- ¿Qué diferencia hay entre “sentirse derrotado” y “entender que el caso necesita mejor sustento”?
- ¿Qué elementos del caso de alimentos deberían reforzarse para discutir una pensión insuficiente sin caer en solo indignación?
- En un desalojo ejecutado por fuerza, ¿por qué es importante dejar constancia incluso si no se logra una solución inmediata?
- ¿Cómo se sostiene la ética profesional cuando la gente vulnerable te pide “que lo arregles rápido”?
- ¿Qué significa, en términos prácticos, “no normalizar el abuso”?


