ERES MI LUNA: y no es cursileria

EL chileno que se apropio de la luna


En 1954, mientras el mundo miraba con recelo la carrera armamentista entre Estados Unidos y la Unión Soviética, un abogado chileno de 34 años tomó una decisión que nadie había considerado antes: hacerse dueño de la Luna.

Jenaro Gajardo Vera nació en Traiguén, un pequeño pueblo del sur de Chile, en 1919. Estudió castellano y luego leyes en la Universidad de Chile, pero su verdadera pasión siempre fue la poesía. A principios de los años cincuenta se instaló en Talca para ejercer como abogado, donde fundó algo tan extravagante como su personalidad: la Sociedad Telescópica Interplanetaria, cuyo propósito incluía «formar un comité de recepción a los primeros visitantes extraterrestres que llegaran a la Tierra».

Pero la verdadera historia comenzó cuando Jenaro quiso ingresar al exclusivo Club Social de Talca. Aquel círculo aristocrático exigía a sus miembros poseer al menos una propiedad. Gajardo, siempre ingenioso, encontró una solución tan brillante como absurda: si no tenía tierras en Chile, se apropiaría de la única que nadie había reclamado.

Una mañana se presentó ante el notario César Jiménez Fuenzalida con una solicitud insólita: certificar que la Luna era suya. «¿Sabés lo que estás haciendo, Gajardo?», le preguntó el notario desconcertado. Pero tras reflexionarlo, admitió: «Tenés toda la razón, la Luna pertenece a la Tierra, tiene deslindes y dimensiones. No creo que nadie la haya inscrito. Pero de acá en adelante te van a tildar de loco».

Jenaro siguió al pie de la letra la ley chilena para sanear terrenos sin dueño: publicó durante tres días en un diario local sus intenciones de inscribir la Luna. Nadie se opuso.

El 25 de septiembre de 1954, la escritura quedó registrada: «Jenaro Gajardo Vera, abogado, poeta, es dueño desde antes del año 1857, uniendo su posesión a la de sus antecesores, del astro, satélite único de la Tierra, de un diámetro de 3.475,99 kilómetros, denominado Luna, y cuyos deslindes por ser esferoidal son: Norte, Sur, Oriente y Poniente: espacio sideral».

La noticia cruzó fronteras. Don Jenaro apareció en programas de televisión, dio entrevistas a medios internacionales y fue recibido con una mezcla de asombro y burlas. En una entrevista con Don Francisco en Sábado Gigante, explicó sus motivaciones: «No me agrada la gente que habita el planeta Tierra. No me gusta que no hayamos podido eliminar el odio, la envidia, la maledicencia, el rencor…». Era, en el fondo, un acto poético de protesta.

Cuando el Servicio de Impuestos Internos chileno envió funcionarios a cobrarle contribuciones, Gajardo respondió con picardía: «No tengo ningún problema en reconocer la deuda, pero exijo que, en conformidad a la ley, Impuestos Internos visite mi propiedad y la tase. Después hablamos». Nunca más volvieron.

La leyenda más célebre —nunca comprobada— cuenta que en mayo de 1969, antes del alunizaje del Apolo 11, el presidente Richard Nixon le habría enviado una solicitud formal pidiendo autorización para que Armstrong, Aldrin y Collins descendieran en su propiedad. Jenaro, fiel a su estilo, habría concedido el permiso citando al poeta Walt Whitman.

En 1967 se firmó el Tratado del Espacio Ultraterrestre, que prohibió a cualquier nación o persona reclamar soberanía sobre cuerpos celestes. Pero Gajardo había inscrito la Luna trece años antes.

Nunca lucró con su posesión lunar. Falleció el 3 de mayo de 1998 y en su testamento dejó escrito: «Dejo a mi pueblo la Luna, llena de amor por sus penas».

Así, un poeta chileno que soñaba con un mundo sin odio se convirtió, por 44 años, en el dueño del astro que ilumina nuestras noches. Porque a veces, las ideas más locas son las únicas capaces de conquistar lo imposible.

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