Capítulo 9: “La audiencia no era un ring”
Regina se levantó antes que sonara la alarma. No porque estuviera emocionada, sino porque su cuerpo se adelantaba a los días difíciles. Había dormido a ratos, con la guitarra en un rincón como si fuera un guardián silencioso, y la carpeta manila sobre la mesa como recordatorio de que la vida no siempre espera a que uno esté listo.
En la cocina, su mamá calentaba agua sin decir mucho. Había un silencio espeso, de esos que no son paz sino tensión contenida. Regina lo soportaba mejor cuando podía convertirlo en rutina.
Taza, pan, revisar documentos.
Revisó la carpeta por última vez. Orden exacto: vínculo, gastos, comunicaciones, constancias del trámite. Tenía copias extra, un lapicero y una pequeña libreta donde había escrito, como si fueran acordes básicos, lo que necesitaba recordar.
Hablar con calma. Ir a lo relevante. Mostrar pruebas. No responder provocación. Pedir respeto si es necesario.
No era una lista para “ganar”. Era una lista para no perderse.
Al salir, contó pasos hasta la esquina: uno, dos, tres… quince. Luego tomó el bus. Se puso audífonos sin música. Necesitaba bajar el mundo para poder pensar.
El pasillo
El lugar de la audiencia estaba lleno de gente esperando. Sillas ocupadas, rostros tensos, carpetas manila por todas partes, como si fueran uniformes de batalla.
Regina sintió el ruido de conversaciones cruzadas, el crujido de papeles, el sonido metálico de una puerta abriéndose y cerrándose.
Un hombre pasó hablando fuerte por celular: “Si no me dan la razón, hago escándalo…”.
Regina apretó la correa de su mochila. “Escándalo” era justamente lo que ella quería evitar. No porque fuera débil, sino porque el escándalo le quitaba claridad.
Su mamá murmuró: “Ojalá tu papá no venga con show”.
Y como si el mundo tuviera humor negro, ahí apareció él.
Llegó caminando con seguridad exagerada, como si el pasillo fuera suyo. Venía con una sonrisa torcida y una mirada que se posó en Regina apenas un segundo, como si no supiera qué hacer con el hecho de que su hija ya no era una niña callada.
“Mira tú”, dijo en voz alta. “Ahora sí se creen finas, con papeles y todo”.
La mamá se tensó. Regina sintió el golpe sensorial del tono: burla, provocación, volumen. El primer impulso fue taparse los oídos. El segundo fue responder.
El tercero, el que ella estaba aprendiendo a entrenar, fue respirar.
Regina pensó: no es ring. Recordó al profesor: “método con humanidad”. Recordó tutela efectiva: esto no era un favor. Era un espacio que debía ser justo.
Adentro
Entraron. El lugar era más pequeño de lo que Regina esperaba. Menos épico, más humano. Una mesa, sillas, una persona conduciendo.
La formalidad estaba en el orden, no en la pompa.
La persona a cargo saludó y explicó, con tono neutral, que iban a escuchar a ambas partes. Regina sintió alivio: había reglas. Turnos. Un guion.
Pero el padre intentó romperlo desde el inicio. “Yo no estoy de acuerdo con nada”, soltó, antes de que le dieran la palabra. “Ella quiere sacarme plata”.
“Además, la hija ya toca y gana, ¿no? ¿Qué tanto?”
La mamá abrió la boca, pero la voz se le trabó. Regina vio el temblor en sus manos y sintió una rabia protectora, caliente. La injusticia se le presentaba otra vez como ruido.
Y ahí llegó el conflicto real: cómo defender sin caer en provocación. Cómo hablar sin que el volumen del otro te arrastre.
Regina se movió apenas hacia adelante, no para interrumpir, sino para sostener. Miró la mesa, no al padre. Se dijo a sí misma: hechos, prueba, pedido, ley.
La persona a cargo pidió que se respete el turno: “Señor, tendrá su momento para exponer. Primero escucharemos a la solicitante”.
La otra versión
La mamá empezó con voz baja. Contó que cubría gastos sola, que el padre no aportaba regularmente, que habían intentado conversar.
Pero el padre se reía por lo bajo, como si el dolor de la mamá fuera un chiste privado.
Regina sintió que el aire se le iba. Miró su libreta. Se aferró a lo escrito: no responder provocación.
Cuando le dieron la palabra al padre, él se paró como si estuviera en un escenario. “Yo no tengo trabajo fijo”, dijo. “Ella exagera”.
“Y la chica ya trabaja con su música. Yo también tengo mis gastos. Además, ¿por qué ahora? ¿Por qué no antes? Esto es puro capricho”.
Regina escuchó algo importante: no estaba discutiendo la necesidad; estaba construyendo una historia para parecer víctima. “No trabajo fijo”, “tengo mis gastos”, “capricho”. Eran frases.
Algunas podían ser ciertas. Dichas así, eran humo.
La persona a cargo miró los documentos. “Señora, ¿usted ha traído sustento de gastos?”
La mamá asintió y extendió la carpeta con manos temblorosas.
Regina se sintió tentada a intervenir, pero esperó. Turnos. Método.
La persona revisó boletas, constancias, anotaciones. Hizo preguntas. El padre se impacientó: “¡Pero eso cualquiera imprime!”, dijo, alzando la voz.
La persona a cargo levantó la mano. “Señor, respete. Si usted cuestiona, puede hacerlo, pero con sustento. No con gritos”.
“Si usted cuestiona, puede hacerlo, pero con sustento. No con gritos.”
Persona a cargo
Regina sintió un alivio físico. Ahí estaba el debido proceso funcionando en algo pequeño pero esencial: control del abuso en la sala.
Sustento
En un momento, la persona preguntó por el argumento del padre: “Usted sostiene que Regina genera ingresos propios. ¿Tiene pruebas de eso? ¿Puede precisar?”
El padre se quedó un segundo. No esperaba esa pregunta en serio. Esperaba que la frase bastara.
“Bueno… o sea, se sabe”, dijo. “Toca por ahí. Yo he visto”.
Regina sintió una punzada de ironía. “Se sabe” era el primo pobre de “tengo evidencia”.
La persona a cargo miró a la mamá y luego a Regina. “Regina, ¿usted puede explicar esa situación?”
Regina sintió el foco encima. Un foco real, no teatral. Se le tensó el cuello. El ruido de la sala parecía crecer.
Recordó su estrategia: mirar un punto fijo. Eligió el borde de la mesa. Respiró.
“Yo toco guitarra con un grupo”, dijo despacio. “A veces nos pagan por eventos. No es un sueldo. No es estable”.
“Y eso no reemplaza el deber de mi padre. Ese dinero ayuda en la casa, pero no cubre mis necesidades ni las de mis hermanos”.
No dijo “es irresponsable”. No dijo “nos abandonó”. Dijo lo que era útil y demostrable.
La persona a cargo asintió y preguntó: “¿Ustedes han traído información de gastos mensuales aproximados?”
Regina intervino ahora, con cuidado, mostrando la hoja ordenada por rubros. La mamá la respaldó.
El padre soltó una risa corta. “Miren cómo viene preparada… seguro le han escrito todo”.
La provocación era una piedra al pecho. Regina sintió que le ardía la cara. Su impulso de corrección, ese de señalar lo injusto sin filtros, le empujó a responder fuerte.
Pero recordó el piso común: si ella gritaba, perdía piso.
No era un ring
En lugar de pelear, hizo algo distinto: pidió que quede claro el marco.
“No vine a discutir”, dijo. La voz salió más firme de lo que esperaba. “Vine a que se resuelva conforme al proceso”.
“Mi mamá está pidiendo alimentos porque hay necesidad y porque corresponde”.
La persona a cargo la miró con atención, como registrando que esa frase tenía estructura.
“Correcto”, respondió. “Aquí no estamos para insultarnos. Estamos para evaluar necesidad y posibilidad, y tomar una decisión motivada”.
Decisión motivada. Regina sintió la palabra como un cierre musical. Motivada: con razones, no con caprichos.
El padre se movió incómodo en la silla. Su estrategia de show se estaba quedando sin público.
La audiencia terminó con un cierre que Regina entendió mejor que su mamá: se señalaron pasos siguientes, se dejó constancia de lo visto, se habló de presentar información adicional si correspondía.
No era un final inmediato, pero era avance ordenado.
Al salir, el padre pasó cerca y soltó en voz baja: “No te hagas la abogada”.
Regina lo miró por primera vez directo. Solo un segundo. Lo suficiente para que él entendiera que ya no podía asustarla con eso.
“No me estoy haciendo. Me estoy defendiendo.”
Regina
Regreso
En el bus de regreso, la mamá soltó el aire como si recién se permitiera sentir. “Pensé que me iba a quebrar”, dijo.
“Cuando se burló, sentí… vergüenza”.
Regina apretó los labios. La vergüenza era el arma favorita de los abusivos: hacerte sentir que pedir lo justo te vuelve “malo”.
“No hiciste nada malo”, dijo Regina. “Lo que hiciste fue pedir lo que corresponde. Y hoy se vio algo importante”.
“¿Qué?”, preguntó la mamá.
Regina miró por la ventana. Buscó palabras simples. “Que el proceso tiene reglas para que él no nos pase por encima con su voz”.
“Eso es debido proceso. Y que la justicia no es un ring. Es un procedimiento que debería ser justo”.
La mamá asintió. Luego, como si recién entendiera otra cosa, dijo: “Cuando tú hablaste… se calló”.
Regina sintió algo parecido a orgullo, pero no lo dejó crecer mucho. Era un orgullo serio: el de haber sostenido el orden sin perder humanidad.
“No se calló por mí”, respondió. “Se calló porque acá no bastan las frases. Acá piden sustento”.
Dos escenarios
Esa noche, Regina volvió al ensayo. Llegó tarde, cansada. Pero cuando agarró la guitarra y tocó el primer acorde, sintió que algo dentro de ella se acomodaba.
La audiencia le había dejado una verdad incómoda y necesaria: siempre habrá una “otra versión”. No porque sea cierta, sino porque el proceso permite que exista y la evalúa.
Ahí estaba la diferencia: la realidad no se gana por gritarla. Se gana por sostenerla con método.
Regina no amaba los trámites. No amaba esperar. No amaba los pasillos llenos. Pero había descubierto algo que sí podía amar, aunque no lo dijera así: la posibilidad de que el abuso no tenga la última palabra.
Mientras tocaba, pensó que su vida tenía dos escenarios. En uno, ella tocaba para que la casa coma. En el otro, ella aprendía para que la casa no tenga que rogar.
Y en ambos, estaba afinando lo mismo: su forma de resistir.
La audiencia muestra cómo el debido proceso opera en la práctica: turnos, derecho de defensa, control de conductas intimidatorias y exigencia de sustento, no solo de afirmaciones.
En un proceso de alimentos, es común que el demandado construya “otra versión” para minimizar la necesidad o su obligación; por eso, la respuesta eficaz no se basa en provocaciones, sino en hechos relevantes, pruebas y un marco jurídico claro: la existencia de un deber de asistencia.
Además, la tutela jurisdiccional efectiva se concreta cuando el órgano a cargo escucha, ordena el debate y avanza hacia una decisión motivada, es decir, fundamentada en razones.
Preguntas para estudiantes
- ¿Qué manifestaciones concretas del debido proceso observas en la audiencia (turnos, control de gritos, exigencia de sustento, etc.)?
- ¿Cómo distinguirías una “versión” estratégica de un hecho relevante en la contestación del demandado?
- ¿Qué riesgos tendría responder a provocaciones con insultos o gritos durante una audiencia?
- ¿Qué significa “decisión motivada” y por qué es una garantía importante para ambas partes?
- ¿Cómo se puede mantener humanidad en un proceso de familia sin perder claridad ni firmeza?


