Capítulo 8 – El mapa de las reglas y la puerta de la justicia

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Capítulo 8: “El mapa de las reglas y la puerta de la justicia”

Manuel Ibarra Trujillo — 2026-02-04

Regina había empezado a notar que el Derecho tenía un sonido propio: el papel al doblarse, el golpe seco de un sello, el eco de un “vuelva mañana” y también el silencio pesado de la espera. A veces, ese sonido se le metía en la cabeza como un zumbido que no se iba ni con audífonos.

La semana había sido así: días de rutina, noches de ensayo y, en medio, un proceso que avanzaba lento, como si caminara con zapatos mojados.

Su mamá miraba el celular esperando noticias. Regina miraba la carpeta manila esperando el siguiente paso.

Y cuando el mundo le empezaba a parecer otra vez injusto por cansancio, llegó el mensaje: “Hay una audiencia / citación”. La frase exacta daba igual; lo importante era el efecto.

La mamá lo leyó dos veces. “Tenemos que ir”, dijo.

Regina sintió el cambio de ritmo. En su cuerpo, las cosas importantes se sentían como una nota sostenida: no dolía, pero vibraba.

Miedo de escenario

Ese mismo día, Regina tenía clase. Y ella, que ya había aprendido que las coincidencias en Derecho suelen ser oportunidades, entró al aula con la carpeta más apretada que de costumbre.

El conflicto no era solo “ir a la audiencia”. Era el miedo a quedar mal por no entender. Miedo a decir algo fuera de lugar. Miedo a que el padre use el espacio para provocarlas.

Miedo a que el proceso, en vez de proteger, se convierta en otra forma de sentirse pequeño.

Regina odiaba esos miedos porque no eran fáciles de discutir. No eran como “me falta un documento” o “no sé la dirección”. Eran miedos de escenario: el foco encima, la gente mirando, la posibilidad de equivocarse.

Su mamá se lo dijo en la cocina, mientras calentaba agua: “¿Y si ahí nos tratan mal? ¿Y si el juez no nos escucha? ¿Y si tu papá se hace el gracioso?”

Regina apretó la taza con ambas manos. El agua caliente la ancló.

“Si nos tratan mal, eso no debería pasar”, respondió. “No es un favor que nos atiendan. Es un derecho”.

La mamá la miró como si esa palabra, derecho, recién estuviera tomando cuerpo en la casa.

“¿Y cómo sabes?”, preguntó.

Regina se quedó pensando. Sabía por intuición, pero ahora necesitaba fundamento. Y ese día, en clase, iba a escuchar algo que le pondría nombre exacto a esa intuición.

Dos palabras en el pizarrón

El profesor entró al aula con un libro bajo el brazo y una tiza en la mano. En el pizarrón escribió dos palabras grandes: JERARQUÍA. PROCESO.

“Hoy vamos a hablar de algo que parece teórico”, dijo, “pero en realidad está en todo lo que ustedes viven: la jerarquía de normas y el debido proceso”.

Regina levantó la mirada con atención real. Cuando un tema conectaba con su vida, su concentración se volvía nítida, como si el ruido del resto bajara.

El profesor dibujó una especie de escalera. “Piensen en el ordenamiento como un edificio. No todas las reglas pesan igual”.

“Hay normas más altas y normas más bajas. Si una norma menor contradice una mayor, no debería imponerse”.

Regina, sin querer, pensó en música: hay una melodía principal y hay acompañamientos. Si el acompañamiento se pone por encima, la canción se rompe.

“En la parte más alta están los principios y reglas fundamentales”, continuó el profesor, sin dar nombres innecesarios. “Luego vienen otras normas que deben respetar esa base. Y así, hacia abajo”.

Un estudiante preguntó: “¿Y eso en qué se nota?”

El profesor sonrió. “En que no basta decir ‘es el procedimiento’. Si un procedimiento se aplica de manera que te quite injustamente el derecho a defenderte, eso choca con lo que está más arriba”.

Regina sintió el golpe: o sea, el trámite no puede aplastar la justicia.

La puerta

El profesor caminó hacia el centro del aula. “Ahora, lo más importante: tutela jurisdiccional efectiva”.

“Suena complicado, pero piénsenlo simple: si tienes un derecho, necesitas una puerta para pedir que te lo protejan. Y esa puerta no puede ser falsa”.

“No puede ser una puerta que te dejan tocar pero nunca te abren. La tutela efectiva es que realmente puedas acceder, ser escuchado y obtener una respuesta”.

Regina apretó el lapicero. Puerta. Sí. Eso era. Su mamá no quería “ganar por capricho”. Quería que alguien la escuche con seriedad.

“¿Y cómo se asegura esa tutela?”, preguntó el profesor, como si estuviera guiando la clase a donde quería llegar. “Con el debido proceso”.

La palabra “debido” le gustó a Regina. Debía. Como obligación.

“El debido proceso es el conjunto de garantías mínimas para que un proceso sea justo: que te notifiquen, que puedas responder, que tengas oportunidad de presentar pruebas”.

“Que la decisión esté motivada, que no sea un ‘porque sí’, que exista igualdad de trato”.

Regina anotó como si esa lista fuera su salvavidas: notificación, defensa, pruebas, motivación, igualdad de trato.

El ejemplo que ardía

El profesor puso un ejemplo y Regina sintió que hablaba de su casa sin saberlo.

“Imaginen un proceso de alimentos. Si el padre no es notificado, ¿es justo que le fijen una pensión sin que pueda responder? No. Por eso se exige notificación”.

“Pero al revés también: si la madre presenta su demanda y el sistema la hace dar vueltas eternas, sin darle respuesta, tampoco hay tutela efectiva”.

“El proceso debe ser justo para ambos, sin convertirse en laberinto”.

Regina sintió una tensión interna: odiaba que su mamá tuviera que esperar, pero entendía la idea de justicia para todos.

No era “mi lado siempre”. Era que el camino tenga reglas claras y humanas.

El profesor remató: “Los plazos, los requisitos, las formalidades existen para ordenar, no para humillar”.

“Si se usan para bloquear injustamente, se pervierte el proceso. Y si se ignoran, también se pervierte. La justicia es método con humanidad”.

“La justicia es método con humanidad.”

Profesor

Esa frase se le quedó a Regina como una línea de bajo: método con humanidad.

Un mapa para la casa

Al salir de clase, el ruido del pasillo volvió, pero Regina llevaba algo encima que le daba estabilidad: un mapa.

No era el mapa de “cómo ganar”. Era el mapa de “qué exigir para que sea justo”.

Esa tarde, en casa, Regina se sentó con su mamá y le explicó lo que había escuchado, sin tecnicismos excesivos, como cuando enseña un acorde.

“Mamá, mira. Hay reglas que están más arriba que otras. Y el proceso tiene garantías”.

“No pueden tratarnos como si nos hicieran un favor. Tenemos derecho a que nos escuchen y a que el proceso sea justo. Eso se llama tutela efectiva”.

La mamá frunció el ceño, tratando de repetir el nombre. “¿Tu… tela?”

Regina sonrió apenas. “Sí. Como protección real”.

“Y también está lo del debido proceso: que a él lo notifiquen, que nosotras podamos hablar, presentar pruebas, que la decisión tenga explicación. No es ‘porque sí’”.

La mamá la miró con una mezcla de alivio y preocupación. “¿Y si él va y grita? ¿Y si se burla?”

Regina respiró. Sus hombros se tensaron solo de imaginarlo. Pero respondió con lo aprendido.

“Si grita, no respondemos con gritos. Respondemos con el proceso. Y si alguien nos trata mal, pedimos respeto”.

“No es orgullo. Es garantía”.

Luego sacó la carpeta y, por primera vez, hizo una lista no solo de documentos, sino de derechos dentro del proceso.

“Que nos notifiquen todo”. “Que podamos presentar nuestros gastos y pruebas”. “Que no nos corten la palabra”. “Que la decisión explique por qué”.

Mientras escribía, sintió algo que la sorprendió: estaba dejando de ver el proceso como una amenaza y empezaba a verlo como un espacio con reglas que podía habitar sin perderse.

La víspera

La noche antes de la audiencia, Regina no ensayó. Se quedó en su cuarto, con la guitarra al lado como compañía silenciosa, y repasó mentalmente lo que iban a hacer.

Ir temprano. Llevar documentos ordenados. Hablar con calma. Pedir turno. No engancharse con provocaciones.

No era valentía pura. Era preparación.

Afuera, el barrio seguía con su música propia: mototaxis, voces, una radio lejana.

Regina se puso los audífonos sin música y miró el techo.

Pensó en lo que el profesor dijo: que la tutela efectiva es una puerta real. Que el debido proceso es el marco que evita que el poder aplaste.

Que las reglas tienen jerarquía, como una estructura que sostiene todo.

Si la justicia tenía una puerta, Regina quería aprender no solo a tocarla, sino a entrar sin miedo.

Y en ese deseo, por primera vez, el Derecho dejó de ser solo una obligación pesada.

Empezó a parecerse a un instrumento difícil.

La jerarquía de normas muestra que el sistema jurídico no es un conjunto de reglas sueltas: existe un orden en el que las normas y principios fundamentales condicionan la validez y aplicación de las demás.

En un proceso, la tutela jurisdiccional efectiva asegura que el acceso a la justicia sea real, no simbólico. Y el debido proceso garantiza condiciones mínimas de justicia: notificación, defensa, prueba y decisiones motivadas.

Estos principios no son teoría. Son criterios para exigir un trámite humano, equilibrado y respetuoso, especialmente en conflictos sensibles como los de familia.

Preguntas para estudiantes

  1. ¿Cómo explicarías con un ejemplo cotidiano la idea de jerarquía de normas sin usar tecnicismos?
  2. ¿Qué significa “tutela jurisdiccional efectiva” en la práctica para una madre que pide alimentos?
  3. ¿Por qué el debido proceso protege tanto a quien demanda como a quien es demandado?
  4. ¿Qué situaciones podrían convertir un proceso en un “laberinto” y vulnerar la tutela efectiva?
  5. ¿Cómo equilibrar “método” y “humanidad” al litigar o acompañar un caso de familia?

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