Capítulo 7 – La otra versión también llega por escrito

Capítulo 7: “La otra versión también llega por escrito”

Manuel Ibarra Trujillo — 2026-02-04

Regina ya podía reconocer ciertas señales antes de que ocurrieran. Era como cuando en una canción uno siente que viene el cambio de ritmo antes de que la batería lo marque. En su casa, la señal era la forma en que su mamá abría la puerta: más lento, como si el aire pesara.

Ese día su mamá entró con un sobre manila doblado entre las manos. No lo traía como quien trae buenas noticias. Lo traía como quien trae una piedra: algo que hay que cargar, aunque no quieras.

“Llegó”, dijo. Y no hizo falta explicar qué.

Regina, con la guitarra en el regazo practicando un arpegio, dejó de tocar. Sintió el cuerpo alerta. Los cambios inesperados le tensaban los hombros, como si se preparara para un golpe.

“¿Qué llegó?”, preguntó igual, porque necesitaba oírlo.

“La contestación”, respondió su mamá. “Lo que tu papá ‘dice’”.

Regina tragó saliva. Había escuchado gritos, insultos, silencios. Pero esto era distinto: esto tenía sello, papel, forma.

Y lo que tiene forma duele de otra manera, porque no se evapora. Se queda.

El papel

Se sentaron en la mesa. Su mamá sacó la hoja como si fuera frágil. Regina miró de reojo el encabezado, las letras ordenadas, el tono frío.

Era extraño: el documento parecía “educado”, pero lo que decía no lo era.

“Dice que no puede pagar”, murmuró su mamá. “Que no tiene trabajo fijo. Que yo exagero gastos”.

Hizo una pausa, como si la garganta se negara. “Y que tú ya trabajas con tu música, así que ‘no necesitas tanto’”.

Regina sintió que le subía calor al rostro. “Tú ya trabajas”. Como si tocar de noche fuera un lujo, no un parche para sobrevivir.

Como si su esfuerzo fuera argumento para que él hiciera menos.

“¿Y eso… puede decirlo?”, preguntó Regina. La voz le salió más tensa de lo que quería.

Su mamá se encogió de hombros, derrotada. “Lo está diciendo”.

Regina tomó el documento y lo leyó en silencio. Le molestaba el tono de “yo no soy el malo”. Le molestaba que pintara a su mamá como exagerada.

Le molestaba que la realidad, que para ellas era clarísima, se convirtiera en una “versión”.

La otra versión

Y, sin embargo, una parte de Regina, la que ya empezaba a entender el juego, notó algo importante: esto no era una discusión de cocina.

Esto era una respuesta formal. En Derecho, la otra versión no llega gritando: llega con papel.

Pero había algo más que la golpeó. El documento citaba palabras que Regina no entendía del todo: “Conforme a…”, “según…”, “en aplicación de…”.

No eran solo hechos. Era un discurso con respaldo. Un intento de tener razón con algo más que voz.

Regina sintió una punzada de temor: nosotras tenemos hechos y pruebas… pero él tiene “la ley” en el papel.

Tomó su cuaderno y empezó a hacer lo de siempre: ordenar para que el ruido no la gane.

“Mamá”, dijo, “no respondamos ahora. No por teléfono. No peleemos. Primero entendamos qué está diciendo”.

Su mamá la miró. “Me da tanta rabia, Regina”.

“A mí también”, respondió ella, honesta. “Pero si respondemos con rabia, él gana dos veces: nos altera y encima nos hace ver irracionales”.

La palabra “irracionales” le salió dura. Regina la escribió en su cuaderno y la tachó. No quería hablar así de su mamá.

No era irracional. Estaba cansada.

Estrategia

Regina respiró. Luego intentó algo nuevo: separar el documento en partes, como si fuera una canción con estrofas.

Primero: niega o minimiza. “No puedo pagar”, “no tengo trabajo fijo”.

Segundo: ataca. “Exagera gastos”, “quiere aprovecharse”.

Tercero: desvía. “Regina trabaja”, “no necesita tanto”.

“Esto es una estrategia”, dijo Regina, más para sí que para su mamá. “No es solo su opinión”.

Su mamá frunció el ceño. “¿Estrategia?”

Regina asintió. “Quiere que el pedido parezca injusto. Quiere que tú parezcas mala. Quiere que yo parezca independiente”.

“Y así él queda como ‘pobre víctima’”.

Su mamá apretó los labios. “Pero es mentira”.

“Entonces lo probamos”, respondió Regina. “Y lo sustentamos”.

La palabra “sustentamos” ya era suya. Pero ese día, por primera vez, entendió que el sustento no era solo prueba.

También era marco. Y ese marco era la ley.

La biblioteca

Esa misma tarde Regina fue a la biblioteca de la universidad. No por gusto. Fue como quien va al médico: porque toca.

El lugar olía a papel y a silencio. Ahí el mundo bajaba el volumen. A Regina le gustó de inmediato.

Buscó el texto de Introducción al Derecho que el profesor había recomendado. Lo abrió con cuidado, como quien abre el manual de un instrumento nuevo.

Leyó sobre algo enorme y básico a la vez: la ley como regla general, como piso común, como algo que no depende del humor del padre ni del cansancio de la madre.

Luego encontró una idea que la clavó en la silla: la ley no es para quien grita mejor; es para que todos tengan el mismo punto de partida.

Regina copió una frase, sin preocuparse aún por citar perfecto, solo por entenderla: “Sin norma, no hay criterio común”.

De vuelta al caso, pensó: si el proceso de alimentos existe, no es porque su mamá “quiera”. Es porque hay un deber reconocido.

Un deber que no se negocia como si fuera favor.

La pieza que faltaba

Esa noche, en clase, el profesor habló justamente de eso. “Ustedes han aprendido a describir conflictos en hechos y pruebas. Muy bien”.

“Pero el Derecho no es periodismo. No basta contar lo que pasó. También hay que explicar por qué eso que piden está reconocido como derecho o como obligación”.

“Y eso se llama fundamento normativo. En palabras simples: ¿en qué regla te apoyas para pedir lo que pides?”

Regina sintió el golpe directo. Era la pieza que le faltaba.

El profesor continuó con un ejemplo: “Si yo pido alimentos, no los pido porque ‘me cae mal’ el obligado”.

“Los pido porque existe un deber jurídico de asistencia familiar. El proceso no nace del capricho, sino de la norma”.

Regina anotó, casi con ansiedad: Fundamento = la ley. La ley convierte necesidad en derecho.

Al salir de clase, se quedó unos minutos sola en el patio, evitando el flujo de estudiantes. Miró su cuaderno como quien mira una partitura nueva.

Hechos. Pruebas. Pedido. Y ahora, la ley.

Era como tocar con banda completa: no basta tu guitarra si el resto no entra.

Preparar la respuesta

Esa noche, Regina y su mamá se sentaron a preparar la respuesta. No escribieron todavía un documento formal, pero organizaron lo esencial, con el método que Regina estaba construyendo.

Frente a “no tengo trabajo fijo”: ¿qué indicios hay de ingresos?, ¿trabajos temporales?, ¿gastos personales que contradicen?

Frente a “exagera gastos”: lista detallada, boletas, recibos, necesidades razonables.

Frente a “Regina trabaja”: aclarar que su música es apoyo ocasional, no reemplazo del deber del padre.

Luego Regina abrió su cuaderno y, en una hoja aparte, escribió el nuevo bloque: SUSTENTO EN LA LEY.

No es favor. Es deber. No es “porque quiero”. Es “porque corresponde”.

Su mamá la miró, con una mezcla de sorpresa y ternura. “Cuando hablas así… siento que ya no estoy sola”.

Regina tragó saliva. No le gustaban las frases emocionales, pero esa le quedó como un acorde correcto.

“No estás sola”, dijo. “Pero tenemos que aprender bien, mamá”.

“Porque él ya empezó a jugar con la ley. Y yo no quiero que la ley sea un idioma solo para quienes tienen plata o contactos”.

Tempo

Al día siguiente, Regina fue temprano a la universidad. No tenía clases hasta más tarde, pero quería un lugar silencioso para leer.

Se sentó en la biblioteca, abrió el libro y subrayó con cuidado.

La ley, pensó, era como el tempo. A veces te incomoda. A veces te obliga a ir más lento de lo que quieres.

Pero si no existe, cada quien toca a su manera y nadie se entiende. Y en el caos, siempre gana el más fuerte.

Regina no había empezado Derecho por amor a los códigos. Había empezado por necesidad, por rabia, por cuidado.

Pero esa mañana entendió algo más fino: la ley era una forma de igualdad. Un piso común para que su mamá no tenga que “convencer” a nadie de que merece lo básico.

Guardó el libro. Guardó el cuaderno. Y, por primera vez desde que se matriculó, no sintió que estaba traicionando a la música.

Sintió que estaba aprendiendo un nuevo instrumento.

En un proceso, no basta afirmar hechos y presentar pruebas: también es necesario sostener el pedido con un fundamento normativo, es decir, explicar qué deber o derecho reconoce el ordenamiento para justificar la pretensión.

La contestación del demandado muestra que siempre habrá otra versión y estrategias de defensa; por eso, responder sin provocaciones requiere método: identificar lo relevante, contradecir con evidencia y conectar el reclamo con la ley.

La norma cumple una función igualadora: evita que la justicia dependa del grito, del poder o del “carisma”, y exige que las decisiones se tomen con criterios comunes.

Preguntas para estudiantes

  1. ¿Qué diferencias encuentras entre sustentar un reclamo con hechos/pruebas y sustentar además con fundamento normativo?
  2. En el caso de Regina, ¿qué partes de la contestación del padre parecen estrategias más que hechos verificables?
  3. ¿Cómo responderías jurídicamente (sin emocionalidad excesiva) al argumento “ella ya trabaja, no necesita”?
  4. ¿Por qué la ley puede verse como un “piso común” y qué pasa cuando una parte no conoce ese piso?
  5. ¿Qué riesgos procesales o estratégicos existen si una respuesta se basa solo en indignación y no en evidencia y norma?

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