Capítulo 6 – La verdad no basta si no sabes contarla

Capítulo 6: “La verdad no basta si no sabes contarla”

Manuel Ibarra Trujillo — 2026-02-04

Regina abrió su cuaderno cuadriculado con la misma seriedad con la que afinaba la guitarra antes de tocar en público. Para ella, la afinación no era un ritual romántico: era necesidad. Si una cuerda estaba fuera, todo lo demás se sentía mal. Con las ideas pasaba igual.

La tarea del profesor parecía sencilla: llevar un conflicto cotidiano y describirlo en hechos, personas involucradas, qué se pide y qué pruebas hay. Sin artículos. Sin citas. Solo mirar.

Regina pensó: fácil. Y al mismo tiempo pensó: peligroso. Su vida estaba llena de conflictos cotidianos, pero también de emociones que se metían como ruido en el relato.

Y a ella, cuando el ruido la sobrepasaba, se le mezclaban las escenas, los tonos, los recuerdos. Todo al mismo tiempo.

Puso el título en su hoja: Caso: alimentos.

Y el lápiz se le quedó quieto, suspendido. Como cuando uno sabe la melodía, pero no recuerda el primer acorde.

La primera versión, la que no sirve

Regina empezó escribiendo lo que sentía, porque era lo que le salía primero.

“Mi papá es irresponsable. Nos dejó. Mi mamá se mata trabajando. Él solo aparece cuando quiere y encima grita”.

Lo leyó y sintió una incomodidad inmediata. No porque no fuera cierto; el pecho se le apretó confirmándolo.

Le incomodó por otra razón: la frase estaba llena de juicio, y el profesor había dicho “hechos”.

Hechos eran cosas que se podían ubicar en el tiempo, que se podían demostrar. En música, un hecho era: “en el compás 12 entra la batería”.

No era: “el baterista es un desastre”. Eso era opinión.

Regina tachó la frase con firmeza, como si cortara un cable mal conectado. Volvió a empezar.

Pero el problema era más grande: ¿cómo resumir una historia larga sin perder lo importante? ¿Qué era “importante” para el Derecho y qué era “importante” para su corazón?

El mensaje que mete ruido

El celular vibró. Un mensaje de su mamá: “Hoy llamaron. Dice que no va a dar nada. Que ‘no lo obligan’”.

El ruido volvió. No solo ruido externo; ruido interno. Esa sensación de injusticia que le encendía el cuerpo.

Regina cerró los ojos y respiró, contando mentalmente: uno, dos, tres… quince.

No estaba en la esquina, pero el conteo funcionaba igual. Era su ancla.

Luego hizo lo que había aprendido en la semana más dura: ordenar.

Cuatro columnas

Regina dibujó cuatro columnas en el cuaderno: Hechos, Personas, Qué se pide, Pruebas.

Y se obligó a no escribir nada en “hechos” que no pudiera responder con: “¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Quién? ¿Cómo?”

Empezó con líneas simples.

“Regina vive con su mamá y sus hermanos”.

“El padre no contribuye regularmente a los gastos”.

“La mamá cubre los gastos con trabajo informal y apoyo parcial de Regina con música”.

“Se solicitó iniciar un proceso de alimentos”.

“Hubo dificultades para notificar por cambio de dirección”.

“Finalmente se logró diligenciar la notificación”.

Mientras escribía, sintió alivio. La historia empezaba a parecer un mapa, no un incendio.

En la columna “personas”, escribió: “Madre (demandante)”. “Padre (obligado)”. “Regina (beneficiaria)”. “Hermanos (dependientes en hogar)”. “Orientación legal (apoyo)”.

En “qué se pide”, dudó. Su mamá había dicho “pensión”, pero ¿cómo se decía? ¿Cuánto? ¿Y si se equivocaba?

Recordó la hoja de gastos. Recordó la vergüenza de su mamá al poner un número. Entonces escribió sin adornos:

“Se solicita una pensión de alimentos que cubra necesidades básicas: alimentación, educación, salud, transporte y otros gastos ordinarios”.

No puso monto en la tarea. No era requisito. Pero anotó al costado: “monto se sustenta con lista de gastos”.

En “pruebas”, Regina se sintió en terreno familiar. Ahí su mente era fuerte.

Partida que acredita vínculo.

Lista de gastos (boletas, recibos, constancias).

Mensajes donde el padre promete aportar y no cumple.

Constancias de trámite y notificación.

Testimonio de la madre (y eventualmente de vecinos o familiares, si aplica).

Y luego, debajo, escribió en mayúsculas: NO CONFUNDIR HECHOS CON OPINIONES.

Le salió como una regla personal, casi como “no tocar con cuerdas desafinadas”.

Lo “limpio” también incomoda

Cuando terminó, volvió a leer. Era frío. Era ordenado. Era casi impersonal. Y por eso mismo, era útil.

Sin embargo, algo le incomodaba: el relato había quedado demasiado “limpio”, como si no doliera.

Y el dolor era real.

En ese momento, su hermano menor entró corriendo al cuarto. “Regi, mamá dice que hoy no hay para recarga de internet”.

La miró, medio avergonzado. “El profe dejó tarea virtual”.

Regina sintió cómo el Derecho y la vida chocaban en el mismo punto de siempre: lo urgente.

La hoja en la cocina

Bajó a la cocina. Su mamá estaba con el celular en la mano, revisando si había mensajes del padre. Nada. Solo silencio.

Regina vio la escena como si fuera un caso: necesidad, incumplimiento, tensión. Pero era su casa.

“Mamá”, dijo, “tengo la tarea del profe. Es sobre describir un conflicto. Lo hice con nuestro caso”.

La mamá levantó la mirada. “¿Y?”

Regina le mostró la hoja. La mamá leyó despacio. Se le humedecieron los ojos.

“Hija… esto parece serio”, susurró.

Regina no supo qué responder. No buscaba elogio. Buscaba eficacia.

“Es que así lo piden”, dijo. “Hechos. Pruebas. Sin insultos. Sin ‘él es tal’. Solo lo que se puede sostener”.

La mamá sonrió con tristeza. “O sea que para que te crean, tienes que hablar sin sentir”.

Regina se quedó pensando. Ella sentía demasiado, a veces. Solo que había aprendido a poner el sentimiento en su lugar para que no estorbe la claridad.

“No es sin sentir”, corrigió. “Es con método. Para que no nos ganen por cansancio”.

“No es bonito, es claro”

Esa noche, en el ensayo, Regina llegó con la cabeza llena. Tocó bien, pero estaba tensa. La cantante la notó.

“¿Otra vez el tema de tu casa?”, preguntó.

Regina asintió. “Estoy aprendiendo a escribirlo como ‘caso’. Y me da rabia que tenga que sonar bonito para que funcione”.

La cantante se encogió de hombros. “No es sonar bonito. Es sonar claro”.

La frase le quedó a Regina pegada. Claro. Como una nota afinada.

La voz en clase

Al día siguiente, en clase, el profesor pidió voluntarios. Regina no levantó la mano. Nunca era su impulso.

Pero el profesor dijo algo que la empujó: “A veces la justicia se pierde no porque no exista derecho, sino porque no sabemos narrar el conflicto sin contaminarnos de insulto o de desesperación”.

“¿Quién quiere intentar?”

Regina sintió una incomodidad intensa, como si le hubieran subido el volumen al mundo. Aun así, levantó la mano. Un poco. Lo justo.

El profesor la miró, sorprendido. “A ver”.

Regina se puso de pie despacio, apoyando la mano en el borde de la carpeta para sentir estabilidad. No miró a todos; miró al pizarrón.

Habló como escribe: por partes.

“Hechos: el padre no aporta regularmente. La madre cubre gastos. Se inicia proceso de alimentos”.

“Hubo dificultad de notificación por dirección. Se subsanó dentro del plazo. Se logró notificar”.

Hizo una pausa. “Lo que se pide: pensión para cubrir necesidades básicas”.

“Pruebas: vínculo, gastos, comunicaciones, constancias”.

El aula estaba silenciosa. Un silencio raro: atención real.

El profesor asintió. “Eso está bien armado. ¿Se dan cuenta?”

“No ha dicho ‘él es malo’. Ha dicho ‘esto ocurrió’ y ‘esto se acredita’. Eso es pensamiento jurídico inicial”.

Regina sintió una descarga en el cuerpo. No euforia. Algo más parecido a paz: estaba haciendo algo que funcionaba.

“Claridad es defensa.”

Regina

Se sentó y escribió esa frase en su cuaderno, como quien marca el compás para no perderse.

La herramienta

Esa tarde, en casa, Regina ayudó a su hermano a resolver la tarea virtual con el internet prestado de un vecino.

Luego volvió a su cuarto y miró la guitarra. La música seguía siendo su sueño. Pero el Derecho empezaba a ser su herramienta.

No le gustaba tener que aprenderlo. Pero ya no estaba perdida.

Ya sabía por dónde empezar: hechos, prueba, pedido.

En un mundo donde muchos ganan por gritar, Regina estaba aprendiendo a ganar por claridad.

Y esa era una forma muy suya, muy firme, muy precisa, de resistir la injusticia sin romperse.

El primer entrenamiento jurídico no empieza con artículos ni códigos, sino con la capacidad de distinguir hechos de opiniones y construir un relato verificable.

En procesos como alimentos, la tutela real depende de presentar un pedido claro, sustentado en pruebas y dentro de las etapas del procedimiento.

Aprender a narrar sin insultos ni excesos emocionales no significa “no sentir”. Significa proteger el reclamo: convertir una vivencia dolorosa en una pretensión formal que pueda ser evaluada y resuelta con garantías.

Preguntas para estudiantes

  1. ¿Qué diferencias encuentras entre una narración emocional del conflicto y una narración jurídica basada en hechos?
  2. ¿Qué hechos serían relevantes en un proceso de alimentos y cuáles, aunque duelan, podrían ser irrelevantes jurídicamente?
  3. ¿Qué medios de prueba podrían fortalecer el sustento de gastos y el incumplimiento del obligado?
  4. ¿Por qué el método (orden, claridad, etapas) puede ser una forma de protección frente a abusos o manipulación?
  5. ¿Cómo se puede mantener humanidad y empatía sin perder precisión al presentar un conflicto legal?

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