Capítulo 5: “Cuando el aula le puso nombre al caos”
El primer día de clases no empezó en la universidad. Empezó en la casa, con Regina mirando su uniforme mental: audífonos, botella de agua, libreta cuadriculada, lapicero negro, lapicero azul, resaltador, y una lista de rutas posibles para llegar. Tenía tres. No por exagerada, sino porque el tráfico y los imprevistos eran una ruleta que a ella le desgastaba más que a otros.
Su mamá la acompañó hasta la puerta.
“¿Llevas tu carné?”, preguntó.
“Todavía no me lo dan”, respondió Regina, revisando el bolsillo interno por tercera vez, como si el carné pudiera aparecer por voluntad.
La mamá no insistió. La miró con esa mezcla de orgullo y preocupación que Regina ya reconocía como una mirada de sostén.
“Respira”, dijo, como consejo práctico. “Y si te mareas, te sientas”.
Regina asintió. Respirar era obvio. Pero a veces lo obvio se olvida cuando el mundo grita.
Salió contando pasos hasta la esquina: uno, dos, tres… quince. Luego subió al bus y se ubicó cerca de la ventana, donde el movimiento externo le permitía concentrarse en algo estable.
“Primer día”, pensó. “No es examen. No es juicio. Solo es entrar”.
Y aun así sentía el mismo nudo de cuando tenía que hablar frente a gente. No era timidez. Era otra cosa: sobrecarga anticipada.
Muchas voces. Mucha información. Muchas reglas no escritas.
El ruido y el lugar
La facultad era un pequeño universo con su propio ruido. Pasillos llenos, vendedores de copias, estudiantes apurados, grupos armados como islas sociales ya formadas.
El olor a café barato se mezclaba con papel recién impreso. Regina sintió que el sonido rebotaba en las paredes: risas, saludos, pasos, sillas arrastrándose.
Buscó el aula como quien busca una salida de emergencia. Llegó antes, por estrategia, y eligió el lugar que le daba control: una esquina lateral, espalda a la pared, vista al pizarrón y a la puerta.
No era paranoia. Era necesidad de orientación. Su cuerpo se relajaba cuando sabía dónde estaba todo.
Poco a poco llegaron más. Se sentaron cerca. Hablaban rápido, se saludaban como si se conocieran de siempre.
Regina tomó su libreta, puso fecha arriba y trazó un margen exacto. En ese gesto pequeño encontró calma.
Una pregunta que no era teoría
El profesor entró con una carpeta bajo el brazo y una voz de esas que llenan el aula sin gritar. Había profesores así: los que saben imponer silencio con presencia, no con humillación.
“Buenos días. Bienvenidos. Este curso se llama Introducción al Derecho”, dijo. “Y antes de definir qué es, quiero que pensemos para qué sirve”.
Regina levantó la mirada. Para qué sirve. Esa pregunta la había perseguido desde la carpeta manila.
El profesor caminó un poco, miró al salón: “Les pongo un caso simple, cotidiano. Una madre tiene a su hija. El padre no aporta”.
“La madre trabaja, pero no alcanza. La hija estudia, necesita pasajes, necesita comida, necesita internet. ¿Qué hacen?”
Algunos estudiantes levantaron la mano con respuestas apresuradas: “Conversar”. “Denunciar”. “Ir a la comisaría”. “Hablar con la familia”.
El profesor sonrió, como quien ya conocía ese catálogo.
Nombre propio
“Todo eso puede ocurrir”, dijo. “Pero el Derecho aparece cuando necesitamos transformar un conflicto en un camino institucional. ¿Cómo se llama ese inicio?”
Un estudiante respondió: “Demanda”.
Regina sintió un golpe suave en el estómago, como cuando una canción entra justo donde debe. Demanda. La palabra ya no era un monstruo: era una etiqueta.
“Correcto”, dijo el profesor. “La demanda no es un insulto, no es ‘meter juicio’ por gusto. Es un documento que inicia un proceso”.
“¿Y qué tiene que contener? En términos sencillos: quién pide, qué pide, por qué lo pide, y con qué lo sustenta”.
Regina apretó el lapicero. Eso lo había hecho sin saber que estaba “haciendo Derecho”: hechos, gastos, mensajes.
Juego limpio
El profesor continuó: “Ahora, imaginen que se presenta la demanda, pero el padre dice ‘yo no sabía’, ‘nadie me avisó’, ‘no me han notificado’. ¿Qué debe ocurrir para que el proceso sea válido?”
Una chica al fondo respondió: “Notificación”.
“Exacto. Notificación. ¿Por qué es importante?”
Regina sintió la respuesta antes de que el aula la dijera. Porque sin notificación el proceso no camina. Porque sin notificación todo queda en sombras.
El profesor lo explicó simple: “Porque el Derecho, además de proteger necesidades, también exige garantías”.
“Que la otra parte sepa, pueda responder, pueda defenderse. Si no se notifica, el proceso se traba. No por capricho, sino porque sin eso no hay juego limpio”.
Regina anotó: Notificación = juego limpio. Le gustó porque sonaba a regla clara.
El reloj del Derecho
El profesor siguió, y ahí apareció lo que a Regina le dolía: “Y además hay plazos. El Derecho ama los plazos”, dijo, con una ironía suave.
“Si el juez te da un plazo para subsanar una dirección y no lo haces, el proceso puede detenerse. No porque tu necesidad desaparezca, sino porque el procedimiento tiene etapas”.
Regina sintió calor en la cara. No por vergüenza. Por reconocimiento. Ese capítulo de su vida acababa de entrar al aula, con tiza y todo.
Mientras el profesor hablaba, se dio cuenta de algo incómodo: el aula era ruidosa, sí, pero el contenido le daba calma.
Como si escuchar “demanda, notificación, plazo” ordenara en su cabeza un problema que antes había sido solo angustia.
Un mapa en el pizarrón
El profesor dibujó un esquema simple:
1. Conflicto
2. Demanda
3. Notificación
4. Contestación
5. Audiencia / actuación
6. Decisión
“Esto es un mapa”, dijo. “No resuelve por sí solo, pero evita que te pierdas”.
Regina miró el mapa y pensó en la carpeta manila. Pensó en su mamá cargando vergüenza como si pedir alimentos fuera pedir limosna.
Pensó en el padre gritando por teléfono. Pensó en el “no se pudo notificar”. Y sintió algo nuevo.
No era solo rabia. Era comprensión.
Aprender a mirar
Al final de la clase, el profesor dejó una tarea simple: “Para la próxima sesión, traigan un conflicto cotidiano de su entorno y descríbanlo en hechos, personas involucradas, qué se pide, qué pruebas hay”.
“No me interesa que citen artículos. Me interesa que aprendan a mirar”.
Los estudiantes murmuraron. Algunos se rieron, como si eso fuera fácil. Regina no se rió. Ella ya tenía conflictos para escoger. Demasiados.
Al salir, el pasillo volvió a ser un golpe sensorial: voces, grupos, bromas. Regina sintió que se le tensaban los hombros.
Se puso los audífonos sin música y caminó pegada a la pared, buscando aire.
En una mesa, un grupo repartía volantes para un “taller de oratoria jurídica”. Alguien le habló: “Oye, ¿te apuntas?”
Regina tardó un segundo en procesar. Oratoria. Exponer. Hablar frente a muchos. Su garganta se cerró.
“No, gracias”, respondió, seca, sin querer serlo.
La chica la miró raro, pero Regina no se explicó. Explicar siempre era desgastante.
Palabras estables
Se sentó un momento en un banco del patio, lejos del flujo. Sacó su libreta y revisó lo escrito.
En medio del ruido social, esas palabras eran un lugar estable: Demanda. Notificación. Plazos. Sustento.
Y se dio cuenta de algo: no estaba ahí por romanticismo. Estaba ahí porque necesitaba un lenguaje que defendiera su casa.
Pero también, y eso la sorprendió, estaba ahí porque su forma de ver el mundo, con detalle, con orden, con necesidad de claridad, encajaba mejor de lo que ella imaginaba.
La cocina y el puente
De regreso a casa, su mamá le preguntó: “¿Y? ¿Cómo te fue?”
Regina miró la cocina, la olla, el balón de gas medio vacío. Ese era su mundo real. El aula era otro, pero acababa de conectarlos.
“El profe habló de un caso de alimentos”, dijo. “Dijo ‘demanda’, ‘notificación’, ‘plazos’… como si fueran partes de una canción”.
“Y yo… yo ya viví eso, mamá”.
La mamá la miró con atención. “¿Y qué sentiste?”
Regina buscó la palabra correcta. No era felicidad. No era gusto. Era otra cosa: alivio con filo.
“Sentí que por fin alguien le puso nombre al caos. Y cuando algo tiene nombre… se puede trabajar.”
Regina
La mamá sonrió, apenas. “Eso es lo que yo quiero para ti, hija. Que no te ahogue”.
Regina asintió. No le prometió que le iba a gustar. No le prometió que sería fácil.
Pero se prometió algo más concreto, más suyo: estudiar como estudia una música. Con disciplina. Con método. Con oído para detectar cuándo algo desafina.
Dos órdenes
Esa noche, Regina ensayó con su banda. Cuando tocaba, el mundo se ordenaba por ritmo. Pero ya no era el único orden posible.
Había otro tipo de orden: el que se escribe, se presenta, se notifica, se defiende.
Terminó la última canción y se quedó un segundo en silencio, con la guitarra apoyada en la pierna.
No había dejado de querer ser música. Solo había encontrado una segunda herramienta para que la vida no le imponga silencio a gritos.
Y, mientras guardaba el instrumento, pensó que quizás el Derecho no iba a quitarle su voz. Tal vez, de una forma extraña, iba a enseñarle a usarla.
El Derecho no solo regula conflictos: les da estructura para que puedan resolverse con garantías. En un caso de alimentos, conceptos como demanda, notificación y plazos son piezas esenciales del debido proceso.
Permiten iniciar un reclamo formal, asegurar que la otra parte conozca el proceso y pueda responder, y ordenar el avance en etapas.
Poner nombre a esas piezas transforma la experiencia de impotencia en un mapa de acción, donde la necesidad se defiende con sustento y dentro de reglas claras.
Preguntas para estudiantes
- ¿Por qué la notificación es una garantía de “juego limpio” en un proceso, incluso cuando el reclamo parece evidente?
- ¿Qué relación hay entre “sustento” (pruebas) y la eficacia real de una demanda de alimentos?
- ¿Cómo influyen los plazos en la tutela efectiva de derechos, especialmente en contextos de urgencia económica?
- ¿Qué ventajas y riesgos tiene “poner nombres jurídicos” a conflictos cotidianos?
- ¿Qué conflicto de tu entorno podrías describir en hechos, pretensión y pruebas sin citar normas?


