Capítulo 4 – La notificación que no llegó

Capítulo 4: “La notificación que no llegó”

Manuel Ibarra Trujillo — 2026-02-04

Regina había aprendido, en muy pocos días, que los problemas no se resuelven solo por ser evidentes. El hambre era evidente. El cansancio de su mamá era evidente. Que un padre desaparezca cuando toca aportar también era evidente. Y, sin embargo, nada de eso bastaba por sí solo.

La carpeta manila ya no era solo papeles: era un mapa. Cada hoja estaba en un orden que a Regina le tranquilizaba: primero el vínculo, luego los gastos, luego los mensajes, luego los recibos.

Ese orden no era capricho. Era su forma de convertir el caos en algo que se pudiera explicar sin que la voz le temblara.

Esa mañana, mientras afinaba la guitarra en silencio para no despertar a sus hermanos, escuchó a su mamá decir desde la cocina: “Hoy tenemos que ir a dejar la demanda”.

Regina sintió el mismo nudo en el estómago de siempre cuando algo cambiaba de fase. Pasaban de “decidir” a “hacer”. Y hacer era exponerse al sistema: colas, sellos, ventanillas, respuestas que no siempre eran respuestas.

Aun así, tomó la mochila y, como un ritual, revisó: celular cargado, lapicero, fotocopias extra, una lista de gastos con números claros.

El mundo podía ser impredecible. Su mochila, no.

El sello y la espera

La presentación fue menos dramática de lo que Regina imaginaba. Un funcionario revisó, recibió, puso un sello. Parecía fácil, casi ofensivo de lo fácil que parecía para algo tan importante.

“Ya está”, dijo su mamá al salir, como si esperara sentir alivio inmediato.

Pero el alivio no llegó. Llegó otra cosa: espera.

Pasaron días. El padre no llamó. No preguntó. No insultó. Nada. Y el silencio, en el barrio, era un tipo de amenaza: la amenaza de que no pasa nada.

Una tarde, cuando Regina regresaba de un ensayo corto, encontró a su mamá con el ceño apretado.

“Me dijeron que la notificación… no se pudo hacer”.

Regina se quedó quieta. “Notificación” era una palabra nueva en su repertorio, pero entendía la idea: si la otra persona no se entera oficialmente, el proceso no avanza.

Era como querer tocar con la banda sin que el baterista sepa la canción.

Subsanar

“¿Por qué no se pudo?”, preguntó Regina, buscando datos.

“Porque la dirección que pusimos… dicen que no lo ubican. Que ya no vive ahí. Y que tenemos que subsanar”, respondió su mamá.

“Subsanar” sonó a culpa. Como si el error fuera de ellas, no de quien se esconde.

Regina sintió un golpe de frustración que le subió a la cabeza. En ella, la emoción no llegaba suave; llegaba como un ruido alto.

Respiró hondo, apretó los dedos contra la correa de la guitarra y se obligó a hacer lo que había aprendido para no desbordarse: dividir el problema en piezas.

“¿Qué te dieron? ¿Un papel? ¿Un aviso?”, preguntó.

Su mamá le mostró una constancia simple, con una frase que a Regina le pareció injusta por sí sola: “Notificación no diligenciada. Adjuntar nueva dirección”.

Era un obstáculo típico y cotidiano: sin dirección correcta, no hay avance. Sin avance, no hay pensión.

Y sin pensión, el problema seguía cayendo entero sobre la misma espalda: la de su mamá.

Ventanilla

Al día siguiente fueron otra vez. La sala de espera estaba igual, como si el tiempo no avanzara en ese lugar.

Regina notó los sonidos, y sintió la sobrecarga asomarse. Se puso audífonos sin música, solo para amortiguar. Era una estrategia sencilla que había aprendido a defender sin pedir permiso.

Cuando las atendieron, la persona de orientación fue directa: “Sin notificación, no hay contradicción. Y sin contradicción, no podemos avanzar como corresponde”.

“Necesitan una dirección donde se le pueda notificar. Puede ser domicilio real, lugar de trabajo… lo que sea verificable”.

Regina anotó. “Verificable” era una palabra que le gustaba: no dependía de opiniones.

“¿Y cuánto tiempo tenemos?”, preguntó Regina, porque algo en su cabeza le decía que el tiempo importaba.

“Les han dado un plazo para subsanar. Si no cumplen, el trámite se puede trabar”.

Plazo. Otra vez el reloj. Regina recordó la hoja impresa de deuda: el que controla el tiempo, controla el resultado.

Investigar

De regreso a casa caminaron en silencio. Su mamá iba con la culpa encima. “Yo puse la dirección que tenía. ¿Cómo iba a saber?”

Regina quería decirle que no era su culpa. Pero, más que consolar, necesitaban avanzar.

“No vamos a adivinar”, dijo Regina, midiendo el tono. “Vamos a investigar”.

Y “investigar”, para Regina, no era una palabra grande. Era literal.

Empezaron por lo obvio: llamar a un pariente que aún hablaba con el padre. La respuesta fue vaga: “creo que está por tal zona”.

Luego preguntaron a un vecino que a veces lo veía. “De vez en cuando pasa por acá, pero ya no vive”.

Hasta que apareció un dato útil: alguien lo había visto trabajando en una obra pequeña, como maestro de obra o ayudante, en un edificio en construcción.

Regina no se emocionó. No celebró. Solo escribió: dirección aproximada, referencia, horario en que lo veían. Orden.

Miedo y proceso

Al día siguiente, su mamá dudó. “¿Y si se molesta? ¿Y si viene a gritarnos?”

Regina sintió el miedo ajeno como si fuera propio, pero lo sostuvo con una idea que ya se le estaba volviendo hábito.

“Si se molesta, es porque sabe que está evadiendo”, dijo. “Pero esto ya no es conversación, mamá. Es proceso”.

“Proceso” fue la primera palabra jurídica que Regina dijo con firmeza. No porque le gustara. Porque le servía.

Cuando lograron presentar la nueva información, el funcionario anotó y explicó algo que Regina atesoró.

“Recuerden: el proceso tiene etapas. Ustedes ya hicieron una parte: presentar. Ahora viene notificar. Luego vendrá la respuesta de él. Y ahí se verá”.

Regina salió con una mezcla extraña de alivio y enojo. Alivio porque había un camino. Enojo porque el camino era lento para la necesidad que era inmediata.

Un comentario en el ensayo

Esa noche, en el ensayo, la banda estaba animada porque habían cerrado un evento. El baterista decía que con eso “ya se salva el mes”.

Regina tocó, pero no se desconectó del todo. En el descanso, la cantante la miró. “Te noto con la cabeza en otra”.

Regina dijo la verdad, sin adornos: “Estoy aprendiendo que tener razón no acelera nada si el proceso no camina”.

La cantante rió suave. “Eso sonó a abogada”.

Regina no se rió. Pero guardó la frase. No como chiste: como posibilidad.

El ruido

Días después llegó la noticia: la notificación se había diligenciado. Al padre, por fin, le habían dejado el aviso en un lugar donde no podía fingir que no existía.

El efecto fue inmediato. No en dinero. En ruido.

El padre llamó furioso. “¡¿Así que me quieres meter juicio?!”, gritó por el teléfono, como si el volumen pudiera borrar el sello.

Su mamá intentó hablar, pero la voz se le quebró. Regina tomó aire. Sintió el impulso de cortar, de huir del ruido.

Los gritos le golpeaban como golpes físicos. Pero recordó algo: el ruido era parte de la estrategia del abuso.

Regina se acercó y, sin ponerse encima de su mamá, habló lo justo, con el tono más plano que pudo.

“Señor, no es ‘meter juicio’. Es cumplir. Y si usted cree que no corresponde, responda donde corresponde”, dijo Regina.

El padre soltó una risa amarga. “Mira cómo te han enseñado a hablar”.

Regina sintió una punzada. Porque era cierto: había aprendido. No en un aula. En su casa. En una cola. En una carpeta manila.

Colgaron. Su mamá quedó temblando. Regina le puso un vaso de agua al lado, sin muchas palabras.

A veces, el cuidado era eso: acciones concretas cuando las palabras sobraban.

Lista, como una canción

Esa misma noche, Regina se sentó con su cuaderno y escribió, como si estuviera armando la lista de una canción.

Si no notifican, no avanza.

Si no hay dirección verificable, se traba.

Si hay plazo, hay que cumplirlo.

Si él grita, es para asustar; el proceso no se responde con gritos.

Mientras escribía, entendió algo que le dio un poco de miedo y un poco de poder: el Derecho no era una idea abstracta.

Era un camino con reglas. Y esas reglas podían proteger a su mamá de la culpa y del miedo, porque transformaban rogar en exigir formalmente.

Pero también vio lo otro: sin conocimiento, una se pierde. Un plazo se vence. Una dirección mal puesta paraliza todo.

Una frase mal dicha puede confundirte. Y ahí apareció una decisión que venía formándose como se forma una melodía.

Matricularse

El día que Regina decidió ir a matricularse no fue épico. No hubo música de fondo ni discurso motivacional. Fue un día normal, con sol débil y tráfico.

Su mamá revisaba la olla y sus hermanos peleaban por el control del televisor.

Regina se levantó, se puso la casaca, guardó su guitarra y su cuaderno en la mochila. Su mamá la miró desde la cocina.

“¿A dónde vas tan temprano?”

Regina sintió un cosquilleo de nervios. Los cambios grandes le activaban la cabeza como una alarma. Pero esta vez el cambio tenía dirección.

“A matricularme”, dijo.

Su mamá abrió los ojos. “¿A música?”

Regina sostuvo la correa de la guitarra con fuerza. Fue honesta, incluso consigo misma. “A Derecho”.

Hubo un silencio breve. De esos silencios que no pesan, sino que acomodan.

Su mamá no terminó la pregunta. No hacía falta. Ambas sabían que Regina quería ser música.

Regina miró la guitarra. Luego miró la carpeta manila sobre la mesa, que parecía mirarla de vuelta.

“No me gusta”, dijo, sin drama. “Yo quiero tocar. Pero si no entiendo esto, mamá, nos van a seguir pasando por encima”.

“Y yo no quiero vivir con miedo cada vez que alguien grite. Quiero saber defenderte. Defendernos”.

Su mamá se acercó, le acomodó un mechón de cabello. No dijo “qué orgullosa”. No hizo poesía. Solo dijo lo que Regina necesitaba escuchar.

“Entonces ve. Y hazlo a tu manera.”

Daniela

Regina asintió. Salió contando los pasos hasta la esquina: uno, dos, tres… quince.

La ciudad seguía ruidosa, impredecible. Pero ella llevaba algo nuevo en la mochila, además de la guitarra: una decisión.

No era el final de su sueño musical. Era el inicio de una herramienta para que el sueño no se apague por falta de justicia.

En los procesos de familia, el derecho material (la necesidad de alimentos) depende muchas veces del derecho procesal: las reglas que permiten hacerlo efectivo.

La notificación es clave porque garantiza que la otra parte conozca el reclamo y pueda responder. Sin ella, el procedimiento se paraliza.

Además, los plazos y la obligación de subsanar errores muestran que el sistema exige orden: quien reclama debe sostener su pedido con información verificable y actuar a tiempo.

Entender el proceso evita que la justicia quede atrapada en trámites por falta de técnica.

Preguntas para estudiantes

  1. ¿Por qué la notificación es una garantía de debido proceso y no solo un “trámite”?
  2. ¿Qué consecuencias prácticas puede tener no subsanar dentro del plazo otorgado?
  3. En un caso como el de Regina, ¿qué opciones de “dirección verificable” podrían considerarse para lograr la notificación?
  4. ¿Qué diferencia hay entre responder a gritos y responder “por la vía que corresponde”? ¿Qué protege cada forma?
  5. ¿Cómo se ve en este capítulo la relación entre necesidad económica y vulnerabilidad frente a la lentitud o complejidad del procedimiento?

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