Capítulo 3: “La pensión no se improvisa”
Regina no olvidaba los detalles. A veces eso era una carga: recordar exactamente qué se dijo, cómo se dijo, en qué segundo cambió el tono de una conversación. Pero esa semana, su memoria funcionaba como linterna.
La hoja impresa con el detalle de la deuda seguía en una mica dentro de su cuaderno. El “aviso final” sospechoso también.
Había descubierto, a golpes suaves pero constantes, que el mundo no se ordena solo. Y que cuando uno vive con lo justo, cualquiera puede intentar empujarte fuera de la fila.
Regina quería ensayar. Quería terminar una canción nueva que le salía limpia cuando tocaba despacio, con metrónomo. Quería pensar en acordes, no en problemas.
Pero su mamá tenía otra agenda: una carpeta manila sobre la mesa, una mirada seria y una frase que no sonaba a “quizá”.
“Regina, mañana vamos a iniciar lo de alimentos”, dijo Daniela.
Regina sintió que se le iba el aire. “Alimentos” era una palabra rara para lo que significaba en su casa.
No era solo comida: era colegio, pasajes, internet, medicina, gas. Era la vida diaria.
“¿Alimentos… contra quién?”, preguntó Regina, aunque ya sabía la respuesta.
Daniela bajó la voz. “Contra tu papá”.
La carpeta
El nombre del padre de Regina no era un tema frecuente. No porque fuera secreto, sino porque era una ausencia con ruido.
Había estado, luego no. Había prometido, luego no. Había vuelto algunas veces con palabras bonitas y hechos vacíos.
“Mamá…”, Regina se quedó mirando la carpeta, “¿y eso cómo se hace?”
“Me dijeron que hay que presentar una demanda. Poner lo que se pide, por qué se pide… y pruebas”, respondió Daniela.
“Demanda”. “Pruebas”. Palabras que a Regina le sonaban como puertas pesadas, pero puertas al fin.
Daniela abrió la carpeta. Dentro había copias: partidas, boletas, recibos, capturas de mensajes donde el padre escribía “esta semana te paso” y luego desaparecía.
Había también una hoja con números: gastos mensuales anotados con letra apretada.
“Yo no quería llegar a esto”, dijo Daniela. “Pero ya no puedo sola. Y no es justo, Regina. No es justo que tú tengas que tocar en la noche para completar, que tus hermanos… que yo…”.
La voz se le quebró un segundo. Regina sintió un pinchazo en el pecho y esa mezcla de empatía intensa y desorden interno que aparece cuando alguien que ama se rompe frente a ella.
Necesitó ordenarse rápido.
“¿Qué dijo él?”, preguntó Regina.
“Que no tiene. Que no puede. Que yo exagero. Que si quiero, que lo denuncie”, respondió Daniela.
Regina apretó la carpeta. La injusticia se le presentó clara: no era solo la falta de dinero, era el descaro de reducir el esfuerzo de su mamá a “exageración”.
Y Regina, que odiaba las frases ambiguas, sintió la necesidad de volverlo todo verificable, concreto, demostrable.
“Entonces lo hacemos bien”, dijo, como si marcara el inicio de una canción. “Con hechos”.
Clasificar para respirar
Esa noche Regina no ensayó. Se sentó con la carpeta y empezó a hacer lo que su mente sabía hacer cuando el mundo era demasiado: clasificar.
Primero separó por categorías: identidad y vínculo; gastos; aportes del padre; comunicación.
Identidad y vínculo: documentos que demuestren que Regina era hija. Probar lo obvio, porque el expediente no cree en lo obvio.
Gastos: colegio, pasajes, comida, internet, salud, útiles, ropa.
Aportes del padre: cuándo dio, cuándo no, qué prometió, qué incumplió.
Comunicación: mensajes, audios, cualquier rastro.
Después armó una lista cronológica. Fechas. Meses. Cantidades.
Regina era buena con patrones y secuencias. Cuando los datos estaban ordenados, su ansiedad bajaba como baja un volumen.
Daniela la miraba, sorprendida. “¿Dónde aprendiste a hacer eso?”, preguntó.
Regina pensó en la oficina, en la hoja impresa, en la orientación gratuita, en la idea de “constancia”.
“Aprendí que si no ordenas, te pasan por encima”, respondió.
Orientación
Al día siguiente fueron a buscar orientación para iniciar el proceso. Esperaron en una sala con bancas.
Había otras madres, algunos abuelos, una chica con un bebé dormido. Nadie hablaba fuerte. Era un silencio lleno de historias parecidas.
Cuando las llamaron, una orientadora revisó la carpeta. “Está bien que traigan documentos”, dijo. “Esto ayuda”.
“Pero también necesitamos que expliquen claramente: cuánto piden y por qué”.
Daniela dudó. “Yo no sé cuánto… me da vergüenza poner un número”, confesó.
Regina intervino, sin mirar mucho a la orientadora. El contacto visual prolongado la cansaba, pero la voz le salió firme.
“No es vergüenza. Es necesidad. Hemos hecho una lista de gastos. Está aquí”, dijo, y pasó la hoja con números.
La orientadora la revisó y asintió. “Así se hace. Con sustento. No es ‘porque sí’. Es porque hay gastos reales”.
Regina escuchó “sustento” como si fuera un término musical. Una base. Un bajo. Algo que sostiene la melodía.
“¿Y qué pasa si él dice que no puede?”, preguntó Regina.
“En el proceso se evalúa”, respondió la orientadora. “Se considera la necesidad de quien pide y la posibilidad del obligado”.
“Lo importante es iniciar de forma clara y con pruebas. Y ojo: todo tiene plazos y pasos. No se desesperen si no sale al día siguiente”.
Plazos. Pasos. Otra vez, el orden.
Culpa
Al salir, Daniela estaba rara: aliviada, pero con culpa. “Me siento mala por demandarlo”, dijo bajito. “Como si estuviera atacando”.
Regina se detuvo. Miró la calle. Sintió el ruido de los mototaxis como martillitos en la cabeza. Respiró.
“Mamá, no es ataque pedir lo que corresponde”, dijo. “Ataque es dejarte sola con todo”.
La voz le tembló un poco, pero no retrocedió. “Y yo no quiero que tú sigas pidiendo como si fuera favor”.
Daniela la miró como si recién la viera crecer en serio. “¿Y tú?”, preguntó. “¿Tú estás segura de esto?”
Regina apretó la correa de su guitarra. La guitarra seguía ahí, recordándole quién quería ser.
“No me gusta esto, mamá”, confesó. “No me gusta el trámite. No me gusta esperar”.
“No me gusta que la gente tenga que suplicar para que le den lo básico”.
Hizo una pausa. Y el pensamiento que la venía siguiendo desde el capítulo anterior se ordenó, por fin, en una frase.
“Pero si no entiendo cómo funciona, otros van a decidir por nosotros. Y yo no quiero eso”.
La llamada del padre
Esa tarde, el padre de Regina llamó. No para preguntar cómo estaba ella. Llamó para quejarse.
“¿Cómo me vas a demandar?”, sonó por el parlante del celular de Daniela. “¿Qué te has creído? Yo tengo mis cosas. ¿De dónde voy a sacar? Tú siempre…”.
Daniela trató de responder, pero la conversación se iba a gritos. Regina sintió que el ruido le subía por el cuello.
Su primer impulso fue taparse los oídos. Su segundo impulso fue lo aprendido: no discutir en el aire.
Regina tomó el celular con cuidado. “Señor”, dijo, y le salió formal sin querer, “esto no es una pelea. Es un proceso”.
“Si usted quiere decir algo, lo dirá donde corresponde. Y con sustento”.
Hubo silencio. Un silencio sorprendido.
“¿Quién habla?”, dijo él, como si Regina no tuviera derecho a voz.
“Regina”, respondió ella. “Su hija”.
Otra pausa. “Ya te han lavado la cabeza”.
Regina sintió que le ardía la cara. Pero se sostuvo. “No. Estoy viendo la realidad”.
Colgó con manos temblorosas. No por miedo a él, sino por lo que acababa de hacer: había puesto un límite.
Había usado palabras como si fueran una barrera legítima.
Y entendió algo que le dio rabia y claridad al mismo tiempo: si ella no aprendía, su mamá iba a seguir siendo tratada como si pedir lo básico fuera mendigar.
Decisión
Esa noche Regina fue al ensayo, pero llegó tarde. Tocó igual. La música seguía siendo su refugio.
Sin embargo, cuando terminó la última canción y guardaba la guitarra, se quedó mirando sus dedos.
Esos mismos dedos podían hacer acordes. También podían pasar páginas. Subrayar códigos. Ordenar un expediente.
La vida le había puesto una partitura que ella no eligió.
“Iba a estudiar Derecho. No porque le gustara. Sino porque lo necesitaba.”
Regina
Y porque, en su casa, la justicia no podía seguir siendo un lujo.
Un proceso de alimentos no es una “venganza” ni un capricho. Es un mecanismo legal para asegurar condiciones mínimas de vida cuando quien tiene el deber de contribuir no lo hace voluntariamente.
En la práctica, la diferencia entre un reclamo frustrado y uno eficaz suele estar en el orden: hechos claros, gastos sustentados, documentos que acrediten el vínculo y registros de incumplimiento.
El Derecho convierte una necesidad cotidiana en una pretensión formal evaluable, con etapas y criterios, evitando que todo dependa del grito, la culpa o la informalidad.
Preguntas para estudiantes
- ¿Qué hechos y documentos son esenciales para sustentar una solicitud de alimentos en un caso como el de Regina?
- ¿Por qué el orden de la información (cronología, gastos, comunicaciones) cambia la fuerza del reclamo?
- ¿Qué dilemas emocionales aparecen en procesos de familia y cómo deberían manejarse sin perder el objetivo de protección?
- ¿Cómo se refleja aquí la diferencia entre “pedir” y “exigir con sustento”?
- ¿Qué riesgos existen cuando un conflicto de alimentos se maneja solo con acuerdos verbales y sin constancia?


