Capítulo 2: “La primera vez que pensó: esto se pelea con palabras”
Regina odiaba las decisiones grandes porque venían con demasiadas variables. Y esa mañana había una variable nueva: el “señor del corte” podía volver.
Antes de salir, revisó tres veces lo mismo: el papel del “AVISO FINAL” doblado en el bolsillo interno de su mochila, el celular con batería suficiente, el número de atención al cliente anotado en una hoja limpia (no en un recibo viejo), y su guitarra.
La guitarra siempre iba con ella como si fuera parte del cuerpo.
Quería ser música. Eso era lo claro. Lo que no era claro era por qué la vida insistía en ponerle problemas que no sonaban a música: colas interminables, cobros confusos, gente que gritaba para tener razón.
Su mamá la miró con esa mezcla de orgullo y cansancio que Regina sabía leer mejor que cualquier cartel.
“Vamos temprano”, dijo. “De repente nos atienden”.
Regina asintió. Temprano era mejor. Temprano había menos ruido, menos empujones, menos caos.
Y ella, con su manera particular de sentir el mundo, necesitaba el orden como otros necesitan café.
La fila
La oficina de atención estaba llena igual. Personas con recibos arrugados, con reclamos viejos, con rostros de “otra vez”.
Un guardia decía “avance” como si esa palabra arreglara algo. Un televisor repetía un anuncio amable que no se parecía en nada a lo que pasaba en la fila.
Cuando por fin llegaron a la ventanilla, la trabajadora habló sin mirarlas mucho: “Tiene deuda. Si no paga hoy, se genera recargo y corte”.
La mamá respiró hondo. “Señorita, yo he venido antes. Me dijeron que podía fraccionar. Me dieron otro monto. Ahora me dicen esto”.
La trabajadora levantó una ceja. “Eso es lo que sale en sistema. Si quiere, paga. Si no, se corta”.
Regina sintió que el cuerpo se le tensaba. No era solo la injusticia: era la sensación de estar frente a una pared que no escucha.
Y su mamá, que no era de llorar, apretaba los labios como quien se traga algo para no desarmarse.
La pregunta correcta
Regina pidió lo que necesitaba para no perderse. “¿Puede imprimir el detalle? ¿La deuda de qué meses? ¿Y el recargo por qué?”, preguntó despacio.
Articuló cada palabra como si fuera una nota: sin apuro, sin grito.
La trabajadora suspiró, molesta. “No tengo tiempo para explicar todo. Está ahí”.
“Pero mi mamá dice que le dijeron otra cosa antes”, insistió Regina, sin subir el volumen. “¿Hay un registro? ¿Un número de atención anterior?”
El gesto de la trabajadora cambió un poco. Como si el reclamo ya no fuera solo queja, sino algo que podía dejar rastro.
“¿Tiene el código del trámite?”, preguntó.
La mamá buscó papeles. No lo tenía. Solo tenía recuerdos, y los recuerdos no sirven como anexos.
La trabajadora hizo un movimiento rápido, imprimió una hoja y la deslizó. “Ahí está el detalle”.
Regina la tomó como si fuera evidencia.
El ruido del abuso
En ese momento, alguien gritó al fondo. Una señora reclamaba porque le habían cortado “sin aviso”. Un hombre dijo que “si no pagas, te fregaste”.
El guardia se acercó, no para ayudar, sino para callar.
Regina sintió la injusticia como una vibración incómoda. Todo era amenaza, apuro, “sistema”, “no puedo”, “así es”.
Y de pronto recordó el papel del “AVISO FINAL”: el número escrito a mano, el tono de “mañana vuelvo con los del corte”.
“Mamá”, dijo bajito, “ese señor no era de acá. Si fuera de acá, no te dejaría un celular escrito con lapicero. Y si fuera formal, no te habría amenazado”.
La mamá la miró, derrotada. “¿Entonces qué hacemos, hija?”
Y ahí apareció el problema real: no era solo pagar o no pagar. Era la sensación de que cualquiera podía venir a asustarlas, y nadie respondía.
Que una voz fuerte valía más que la verdad. Que la necesidad dejaba a la gente sin defensa.
Regina apretó la hoja impresa. “Hacemos que quede escrito. Y si ese señor vuelve, no solo lo ignoramos. Lo denunciamos”.
Su mamá frunció el ceño. “¿Denunciar? ¿Dónde?”
Regina se quedó callada un segundo. Ella tampoco sabía aún.
Pero en esa pausa escuchó a su propio pensamiento con claridad: si hay instituciones para cortar, debe haber instituciones para proteger.
Si existen reglas para cobrar, deben existir reglas para no abusar.
Orientación gratuita
Al salir, se cruzaron con una joven que ayudaba a orientar a la gente. No era trabajadora de la empresa.
Era parte de una oficina de apoyo ciudadano instalada al costado, con un letrero general: “Orientación gratuita”.
La joven vio la cara de la mamá. “¿Les pasó algo?”, preguntó.
Regina odiaba hablar con desconocidos. Pero odiaba más la injusticia. “Vinieron a mi casa a amenazar. No tenía uniforme. Me dejó este aviso”, dijo, y le mostró el papel.
La joven lo revisó con rapidez. “Esto parece un intento de cobro informal o estafa. Si hay deuda, se cobra por canal oficial”.
“Nadie debe ir a tu casa a presionarte así. ¿Tienen algún registro? ¿Foto, nombre, placa?”
Regina sintió que su atención al detalle, esa que a veces la aislaba, ahora servía. Recordó el chaleco, el tono, la hora exacta, el lugar donde se paró.
“No tenemos foto. Pero puedo describirlo. Y si vuelve, puedo grabar su voz”, respondió.
La joven asintió. “Lo importante es: no paguen a ese número”.
“Segundo: hagan constancia de lo ocurrido. Tercero: pidan por escrito la información de su deuda y los canales oficiales”.
“Cuando todo es palabra, gana el que grita. Cuando hay constancia, cambian las reglas.”
Joven de orientación
Regina tragó saliva. “Constancia”. “Por escrito”. “Canales”. Eran palabras simples, pero sonaban como un mapa.
“¿Y eso es… Derecho?”, preguntó sin querer, como si ese camino tuviera nombre.
La joven sonrió. “Es defensa. Y sí, muchas veces se hace con herramientas del Derecho: reclamar formalmente, exigir información, dejar registro”.
“No necesitas ser abogada para empezar, pero ayuda entender cómo funciona”.
Regina miró a su mamá. Por primera vez en días, su mamá no parecía a punto de romperse. Parecía acompañada.
Convertir el miedo en orden
Caminaron de regreso. En la esquina, un vecino comentó que a su primo le hicieron lo mismo, que “al final pagó por miedo”.
A Regina le ardió algo por dentro. No era rabia sin dirección: era rabia con forma.
Esa tarde, antes del ensayo, Regina abrió su cuaderno. No el de música. El otro. El que había evitado mirar con cariño desde que le mencionaron “Derecho”.
Escribió: hechos, evidencias, acciones. Lo puso en lista, como quien arma un plan para no perderse.
Hechos: vino un hombre, amenazó, dejó papel, número escrito a mano.
Evidencias: papel, hora, descripción, testigo (mamá).
Acciones: verificar deuda oficial, pedir detalle, no pagar a número, dejar constancia.
No sabía aún cómo se llamaba cada cosa. Pero lo estaba ordenando.
Como una canción: intro, verso, coro.
Y en ese orden, Regina descubrió algo que la incomodó: el Derecho podía servir.
No era que le gustara. No le gustaba. Le parecía un mundo ruidoso, lleno de trámites, de gente que habla difícil, de puertas que se abren solo si dices la frase correcta.
Ella quería escenarios, no ventanillas.
Pero en su casa nadie iba a venir a salvarlas. Y ella acababa de ver, con claridad dolorosa, que el abuso se alimenta de ignorancia y miedo.
La broma
Esa noche, en el ensayo, Regina tocó con más fuerza de lo habitual. No por emoción artística, sino por tensión.
Entre canción y canción, el baterista bromeó: “Oye, hoy estás tocando como si fueras a demandar a alguien”.
Regina no se rió, pero entendió la broma. Y, por primera vez, no le pareció absurda.
“Si quiero proteger lo que amo, tengo que aprender lo que no me gusta.”
Regina
No estaba renunciando a la música. No aún. Pero estaba aceptando que, si el mundo iba a ser injusto, ella necesitaba herramientas para enfrentarlo sin romperse.
En su cuarto, colocó la guitarra en su soporte con el mismo cuidado con el que otros guardan algo sagrado.
Luego abrió el navegador del celular y escribió: “cómo hacer una denuncia por amenazas” y “qué hacer si alguien cobra deuda con intimidación”.
Leyó sin entender todo. Se frustró. Cerró. Volvió a abrir. Respiró.
No le gustaba el Derecho. Pero el Derecho, por primera vez, le parecía una posibilidad: una forma de que el miedo no mande.
Y así, sin aplausos, sin ceremonia, sin discursos, Regina empezó a estudiar.
Muchos abusos cotidianos funcionan porque la víctima siente que no hay salida y porque todo queda en palabras. Frente a cobros intimidatorios o amenazas, el primer paso no es “discutir”, sino ordenar.
Verificar información por canales oficiales, pedir detalle por escrito, conservar documentos, anotar hechos y buscar orientación para dejar constancia.
El Derecho, antes de ser juicios, es una forma de poner límites racionales al abuso: convertir el miedo en un relato verificable y el reclamo en un trámite formal con respaldo.
Preguntas para estudiantes
- ¿Qué diferencia práctica hay entre reclamar “de palabra” y reclamar “dejando constancia”?
- ¿Qué hechos y evidencias serían claves si el “señor del corte” vuelve a amenazar?
- ¿Por qué el miedo y la necesidad económica hacen más frecuente este tipo de abusos?
- ¿Qué estrategias no violentas permiten proteger a una familia sin escalar el conflicto innecesariamente?
- ¿Cómo se ve en este capítulo la idea de que “el Derecho sirve para poner límites” antes de llegar a un juicio?


