Capítulo 14 – La chapa no decide

Capítulo 15: “Cuando la ley llegó tarde”

Manuel Ibarra Trujillo — 2026-02-04

Regina caminaba con el cuaderno apretado contra el pecho, como si el papel pudiera sostenerla. Era una tarde cualquiera en apariencia: nubes grises, combis peleando espacio, vendedores ofreciendo lo mismo de siempre. Pero en su cabeza no era una tarde cualquiera. En su cabeza, el día tenía un nudo.

Los últimos meses la habían obligado a vivir en doble idioma: el del barrio, directo y urgente, a veces brutal; y el de la universidad, ordenado, paciente, lleno de “etapas”. Regina había aprendido a traducir.

Hechos, pruebas, pedido. Notificación, plazos. Tutela, debido proceso. Jerarquía.

Solo que ese día, por primera vez, sintió que estaba traduciendo para nadie.

Le dolían los sonidos. Le dolían las luces. Le dolía esa sensación de que el mundo se iba a salir del guion.

Se puso los audífonos sin música y repitió su conteo mental: uno, dos, tres… quince. No para calmarse por completo, sino para no desarmarse.

La llamada

En el pasillo de la facultad, Daniela la llamó. Regina vio el nombre en la pantalla y supo, antes de contestar, que algo venía mal. Su mamá no llamaba así, en horario de clase, si era una noticia neutra.

“Hija…”, dijo Daniela. La voz sonaba más pequeña. “Ya salió”.

Regina tragó saliva. “¿La sentencia?”, preguntó, aunque ya lo sabía.

“Sí…”, respondió Daniela, y tomó aire. “Dice que tu papá va a pasar, pero poquito. Muy poquito. No alcanza, Regina”.

La palabra “poquito” golpeó más que cualquier cifra. Poquito era pan que no llega. Poquito era pasaje contado. Poquito era recortar otra vez.

“¿Cómo?”, preguntó Regina. La voz le salió recta, pero por dentro se le apretaba todo. “¿Por qué tan poco?”

“Dicen que no tiene ingresos fijos, que se ha considerado su situación y que…”. Daniela se quebró. No lloró fuerte. Fue un quiebre silencioso, y por eso dolía más.

En Regina subió una rabia limpia, directa. ¿Para qué tanto trámite si el resultado era esto? ¿Para qué la carpeta y la audiencia, si la necesidad seguía igual?

La vereda

El día todavía no había terminado. Cuando Regina llegó a su cuadra, vio un grupo en la vereda. Vio bultos. Vio bolsas negras. Vio un colchón apoyado en la pared.

Y vio a la vecina sentada en el suelo, con los hijos al lado, con la cara de quien ya gastó todas las lágrimas.

Regina se quedó quieta. El mundo se le apagó un segundo, como si su cerebro apretara pausa para no colapsar.

“Regina…”, dijo Daniela desde la puerta. Ya no era solo tristeza. Era urgencia. “La casera vino con gente. La sacaron”.

La vecina levantó la vista y, al ver a Regina, dijo lo que a Regina más le dolía escuchar: “Hijita… yo hice todo lo que dijiste. Guardé papeles, tomé foto… pero igual me botaron”.

Dos golpes en un mismo día. Uno “legal”: una pensión reducida. Otro “real”: una familia en la calle por la fuerza.

Regina sintió que algo se le quebraba por dentro, pero no como a su mamá. En ella el quiebre era más seco: era la confianza en el método.

Se agachó junto a la vecina. Miró ropa, ollas, útiles escolares. El desalojo no se veía como un tema de clase; se veía como una herida abierta.

“¿Cuándo?”, preguntó Regina, aferrándose a lo único que no se le rompía del todo: los hechos.

“Hace una hora”, respondió la vecina. “Vinieron con cuatro hombres. Me empujaron. Cambiaron la chapa. Yo grité. Nadie…”.

Regina miró alrededor. Había vecinos mirando, sí, con esa mirada típica del barrio: mirar sin meterse, por miedo a que el problema te salpique.

Daniela apretaba el celular con la grabación entre las manos, como si fuera una prueba inútil. “Tengo video”, dijo. “Se ve cuando cambian la chapa”.

La vecina señaló la puerta. La chapa nueva brillaba como burla.

Regina sintió el corazón acelerado. El barrio le golpeaba con su ruido: una moto, una radio, un bebé llorando. Era demasiado.

Se puso los audífonos otra vez, sin música, solo para amortiguar el mundo. Respiró, pero el conteo no alcanzaba para disolver la sensación de injusticia.

“¿De qué sirve entonces? ¿De qué sirve estudiar todo esto si igual gana el que empuja?”

Regina

Daniela la miró. La vecina también. Y Regina se odiaba un poco por decirlo en voz alta, porque era la frase exacta que el abuso quería sembrar: resígnate.

Pero Regina estaba cansada. Cansada de esperar. Cansada de que el Derecho suene bonito en clase y llegue tarde en la vereda.

Con la voz quebrada, Daniela soltó: “Hija, yo he hecho todo… y mira. Al final parece que solo ganan los vivos”.

Regina sintió la tentación de rendirse. No rendirse en la vida, sino rendirse en el Derecho: dejar de estudiar, volver a la guitarra como único camino, dejar que la realidad sea lo que es.

La música al menos era honesta: si tocabas mal, sonaba mal. El Derecho, en cambio, parecía premiar la mentira y la fuerza.

Se quedó en silencio, mirando la chapa nueva, mirando la sentencia reducida en la pantalla del celular de su mamá, mirando las bolsas en la calle.

Estructura para no caerse

Y entonces, sin querer, su cabeza hizo lo que siempre hacía cuando el dolor se volvía inaguantable: buscó estructura. No para justificar la injusticia, sino para agarrarse de algo.

“A ver”, dijo. La voz sonó rara, como si hablara otra Regina. “Lo de alimentos… que sea poco no significa que ya no haya nada más”.

“Hay formas de cuestionar, de pedir revisión, de presentar mejor sustento, de pedir que se evalúe de nuevo si cambian las circunstancias. No es inmediato, pero…”.

Se detuvo. Sonaba igual que el profesor: “no es inmediato”. Y esa frase, en la boca de Regina, dolía.

La vecina interrumpió, con la pregunta que no admite teoría: “¿Y yo? ¿Yo qué hago, hijita? ¿Duermo acá?”

Regina miró a los niños. Vio el cuaderno escolar asomando de una bolsa. Vio el miedo. Vio lo que el Derecho no estaba alcanzando a proteger a tiempo.

“Primero”, dijo Regina, obligándose a ser útil aunque se sintiera rota, “seguridad. Que ustedes no se queden aquí solos. Vengan a mi casa por ahora, aunque sea apretado”.

“Segundo: dejamos constancia hoy mismo. Con el video, con testigos si alguno se atreve. Tercero: no se trata de discutir si la casera ‘tenía derecho’ a recuperar”.

“Se trata de que lo hizo por la fuerza”.

Daniela asintió, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano. “Pero, hija… ¿sirve?”

Ahí estaba la pregunta que las tres tenían clavada.

Regina quiso decir “sí, sirve” para calmarlas. Pero no podía mentir. Lo único que podía prometer era el método.

“Sirve para que no quede como si no pasó”, respondió. “Sirve para que no sea normal. Sirve para que haya un registro”.

“No te puedo prometer el resultado, pero sí te puedo prometer que no lo vamos a dejar en silencio”.

Fue una respuesta imperfecta. Era la única honesta.

La olla al fuego

Entraron a la casa con los niños y un par de bolsas. Daniela puso una olla al fuego, como si alimentar fuera la única justicia inmediata que conocía.

Regina se encerró un minuto en su cuarto. Se sentó en el suelo, espalda contra la pared, y se tapó los ojos.

Ahí, en silencio, la duda le cayó con todo el peso. ¿Y si el Derecho es solo un cuento para que la gente aguante? ¿Y si estudiar es perder tiempo mientras afuera ganan los abusivos?

Pensó en dejarlo. Pensó en dedicarse solo a la música. En tocar más, ganar más, no depender de un proceso.

Pero incluso esa fantasía chocaba con la realidad: la música en el barrio no era un seguro, era un parche. Y los parches no curan heridas profundas.

Regina abrió el cuaderno. Miró las palabras subrayadas de semanas atrás: tutela efectiva, debido proceso, prohibición de vías de hecho.

Lo que dolía no era que esas ideas fueran falsas. Lo que dolía era que el mundo no las cumpliera con la rapidez que la gente necesita.

Y ahí apareció una idea incómoda: quizá el Derecho no era inútil; quizá era incompleto sin gente que lo empuje.

Una nota para no olvidarse

Esa noche, mientras Daniela acomodaba a los niños en colchones prestados, Regina salió al patio con su guitarra. No tocó canciones. Tocó notas sueltas, como quien prueba si el instrumento todavía responde.

Daniela se le acercó. “Perdóname”, dijo. “Yo te metí en esto… Yo dije que tú podías ayudar a todos… y mira”.

Regina la miró y, por primera vez en días, no tuvo ganas de ser fuerte. “Mamá… yo también pensé que con estudiar bastaba”.

“Pensé que el método iba a proteger solo. Pero hoy vi que el método no camina si nadie lo hace caminar”.

Daniela la miró con atención. “¿Y entonces?”

Regina se quedó pensando. La duda seguía, pero ya no era un “me voy”. Era un “¿qué hago con esto?”

“No sé si quiero seguir”, confesó. “Hoy siento que todo favorece al que miente y empuja”.

Daniela respiró hondo. “Pero si tú lo dejas… ¿quién queda?”

Esa pregunta no era manipulación. Era realidad.

Regina sintió que le temblaban las manos. No por miedo, sino por responsabilidad. Vio a la vecina en la calle con sus cosas. Vio a su mamá con una pensión que no alcanza.

Si Regina se iba del Derecho, el barrio no cambiaba. Si Regina se quedaba, tal vez tampoco cambiaba de inmediato. Pero al menos habría alguien que no se acostumbra.

Esa madrugada, Regina no durmió mucho. Se levantó, tomó su cuaderno y escribió una frase, como quien deja una nota para no olvidar.

“La ley no es un escudo automático. Es una herramienta. Y las herramientas necesitan manos.”

Regina

No era una frase bonita. Era una forma de no rendirse sin mentirse.

Cuando amaneció, Regina salió a la vereda y miró la chapa nueva de la vecina. Sintió rabia, sí. Sintió impotencia, también.

Pero debajo de todo eso sintió otra cosa que, para ella, valía oro: claridad.

Ese día, por primera vez, entendió que el Derecho no siempre llega a tiempo. Y que por eso mismo hace falta gente que insista, que registre, que reclame, que sepa qué pedir y cómo pedirlo.

No era consuelo. Era una decisión en construcción.

Regina volvió a entrar. Miró a Daniela, miró a la vecina, miró a los niños durmiendo.

Y aunque la duda seguía, no se levantó de la mesa.

Todavía no.

La realidad puede mostrar el lado más frustrante del sistema: decisiones que no satisfacen necesidades urgentes y hechos abusivos que ocurren antes de cualquier respuesta institucional.

Eso no vuelve inútiles los conceptos aprendidos. Revela su sentido más duro: el debido proceso y la tutela efectiva no se cumplen por “arte de ley”. Requieren activación, constancia y estrategia.

Una pensión insuficiente abre preguntas sobre revisión y mejor sustento. Un desalojo por fuerza exige dejar constancia, reunir evidencia y encaminar el caso por la vía adecuada.

El Derecho no siempre evita el daño a tiempo, pero puede impedir que el abuso se normalice y, con insistencia, abrir camino a reparación y prevención.

Preguntas para estudiantes

  1. ¿Qué emociones y riesgos aparecen cuando una persona percibe que “el Derecho no sirve” tras una decisión desfavorable o un abuso por fuerza?
  2. Frente a una pensión de alimentos insuficiente, ¿qué tipo de información o sustento adicional sería clave para buscar una revisión futura?
  3. En un desalojo ejecutado por la fuerza, ¿qué acciones inmediatas (no violentas) ayudan a proteger a la víctima y conservar evidencia?
  4. ¿Cómo distinguir entre “la norma existe” y “la norma se cumple”? ¿Qué factores influyen en esa brecha?
  5. ¿Qué rol ético y emocional debería asumir un estudiante de Derecho cuando orienta a vecinos en crisis, sin prometer resultados?

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