Capítulo 12: “La fama llegó antes que la toga”
Regina vivía con dos ritmos que casi nunca coincidían: el ritmo de la universidad y el ritmo del barrio. En la universidad, todo era cronograma, sílabos, lecturas, conceptos que se apilan como libros. En el barrio, todo era inmediato: el gas se acaba, el pasaje sube, el recibo vence, la casera aparece sin avisar.
Y en medio de esos ritmos estaba el proceso de alimentos. No avanzaba con la rapidez que Daniela, su mamá, desearía, pero avanzaba. Habían ido a audiencia, habían entregado documentos, habían aprendido a esperar sin rendirse.
La sentencia, la palabra misma sonaba pesada, todavía no llegaba.
Daniela, mientras tanto, hacía lo que muchas madres hacen cuando ven a sus hijos resistiendo: hablaba. Hablaba para no sentirse sola, para que el barrio también sostenga, para convertir la angustia en relato compartido.
Solo que Daniela no hablaba bajito.
Regina se enteró de la “vida pública” de su carrera en el momento menos preparado.
El mercado
Fue en el mercado, una mañana en que Daniela la había enviado a comprar arroz y huevos. Regina fue con su mochila, audífonos sin música y una lista exacta, porque el mercado era un lugar de estímulos desordenados: gritos, precios, gente apretada, olores mezclados.
Mientras esperaba que le pesaran el arroz, una vecina se le acercó con sonrisa grande, de esas que invaden un poco el espacio personal sin mala intención.
“¡Ah! ¿Tú eres Regina, no?”, dijo.
Regina asintió, desconfiando por costumbre.
“La hija de Daniela… la que estudia Derecho.”
Regina parpadeó. “Estoy en primer ciclo”, aclaró, automático, como si eso cambiara algo.
La vecina hizo un gesto como quien dice “igual”. “Tu mamá dice que tú sabes. Que la estás ayudando con su caso. Que si uno tiene problemas, tú orientas.”
Regina sintió un golpe interno, mezcla de sorpresa y alarma. Su cuerpo hizo lo que hace cuando algo se sale del guion: tensión en hombros, calor en la cara, necesidad de controlar la situación.
“¿Mi mamá dice eso?”, preguntó Regina, cuidando que la voz no saliera brusca.
“Sí pues, hijita. En la fiesta de la señora Maruja lo dijo. Y en el puesto del pollo también. Y en la reunión de la cuadra…”, enumeró la vecina, como si levantara un acta del chisme. “Pregúntenle a mi hija, dice. Ella ya está en Derecho, ella sabe.”
Regina sintió que el mercado se volvía más ruidoso. No por el mercado, sino por el peso de esa frase: “ella sabe”. Regina sabía que no sabía.
Sabía ordenar, preguntar, sospechar de abusos. Pero no era abogada. No tenía toga. No tenía licencia para prometer.
La expectativa
Antes de que Regina pudiera poner un límite, la vecina bajó la voz, como quien confiesa algo urgente.
“Mira, hijita, justo te quería hablar… me quieren desalojar. La casera dice que me vaya esta semana. Que ya está decidido. Y yo… yo no tengo a dónde ir.”
A Regina se le apretó el pecho. La palabra “desalojo” le sonó como el pizarrón del profesor, pero ahora sin tiza: con miedo.
“¿Cómo que esta semana?”, preguntó Regina. No era curiosidad. Era alerta.
“Que si no me voy, cambia la chapa. Ya me dijo. Y me mostró unos papeles. Pero yo no entiendo. Solo sé que tengo mis hijos y mis cosas ahí.”
Regina apretó la bolsa del arroz. En su cabeza se encendió la clase: vía de hecho, prueba, notificación, tutela.
Y se encendió otra alarma, más íntima: Regina, no prometas lo que no puedes cumplir.
Respiró. Contó por dentro: uno, dos, tres… quince.
“Señora”, dijo, “yo recién estoy empezando. No puedo resolver su caso. Pero puedo ayudarla a ordenar lo que tiene y a ver qué pasos se pueden dar para que no la saquen a la fuerza.”
La vecina asintió rápido, como quien se agarra de una tabla. “Eso nomás, hija. Eso.”
La conversación en casa
En casa, Daniela estaba pelando papas cuando Regina llegó. Regina dejó las bolsas, se sacó los audífonos y fue directo. Cuando ella se contenía demasiado tiempo, luego explotaba por saturación.
“Mamá”, dijo, “¿tú le estás diciendo a todo el barrio que yo oriento casos?”
Daniela se quedó quieta un segundo. Luego sonrió, como si no entendiera el problema.
“Ay, hija, pero si tú estás estudiando. Y nos has ayudado un montón con lo de alimentos. La gente necesita. Y tú tienes buena cabeza.”
Regina sintió la contradicción en la garganta: quería decir “no” sin lastimar.
“Mamá, yo no soy abogada”, dijo, firme. “Estoy aprendiendo. Yo puedo ayudar a ordenar, pero no puedo prometer ni decirle a la gente ‘haz esto’ como si fuera seguro.”
Daniela bajó la mirada. “Yo solo…”, dijo, y la voz se le suavizó. “Quería que sepan que no estamos solas. Que ya no nos van a pisar tan fácil.”
Regina entendió esa emoción. La entendía demasiado. Daniela estaba orgullosa y también estaba buscando protección en comunidad.
Pero Regina necesitaba límites claros para no ahogarse en responsabilidades ajenas.
“Está bien decir que estudio”, concedió Regina. “Pero no está bien decir que yo resuelvo. Diles que puedo escuchar y orientar a buscar ayuda, no que tengo la respuesta.”
Daniela asintió, un poco avergonzada. “Ya, ya… tienes razón.”
Regina respiró hondo. Sintió que había puesto un límite sin romper nada.
Papeles sobre la mesa
Esa tarde, la vecina vino. Traía una bolsa con papeles arrugados: recibos, un contrato viejo, mensajes impresos y una carta que decía “desocupe”.
Regina la sentó en la mesa, en el lugar donde antes habían ordenado alimentos. La mesa se estaba convirtiendo en su pequeño “estudio jurídico” doméstico, sin pompa, solo método.
“Vamos por partes”, dijo Regina, y sacó su cuaderno. “Primero: ¿qué pasó exactamente? Sin insultos, sin adjetivos. Hechos.”
La vecina empezó a hablar atropellada. Regina la frenó con suavidad, como quien marca el tempo.
“Uno por uno. Fechas. ¿Desde cuándo vive ahí? ¿Cómo paga? ¿Tiene recibos? ¿Hay mensajes?”
Mientras escuchaba, Regina detectó lo que el profesor había dicho: el caso real siempre trae desorden. Y la primera ayuda no es hablar bonito, es ordenar.
Luego hizo lo que había aprendido en clase de desalojo. Preguntó por el contrato, aunque fuera viejo. Por la prueba de pagos. Por la carta y su firma. Por la amenaza de cambiar la chapa.
No usó palabras rimbombantes. Pero sí dijo algo que ya le salía con claridad.
“Señora, así como su casera tiene derecho a pedir la casa si corresponde, usted también tiene derecho a que no la saquen por la fuerza.”
“Si hay desalojo, debe ser por la vía correspondiente, con notificación y posibilidad de defensa.”
La vecina la miró como si le hubieran quitado un peso del pecho.
“Entonces… ¿no me puede cambiar la chapa así nomás?”, preguntó.
Regina negó. “Eso sería abusivo. Y usted no tiene por qué aceptar amenazas como si fueran sentencia.”
En ese momento, Regina sintió un golpe de realidad: estaba diciendo cosas que importaban. Cosas que podían cambiar decisiones.
Y eso le dio miedo, del bueno: el miedo que te vuelve cuidadoso.
“Lo que sí”, agregó, “es que necesitamos ver bien sus papeles y buscar orientación formal. Yo la acompaño a preguntar, pero no la voy a dejar sola con esto.”
Daniela, que escuchaba desde la cocina, intervino con orgullo inevitable: “¿Ves? Mi hija sabe.”
Regina la miró con una mezcla de “mamá, por favor” y ternura. Daniela se calló, sonriendo.
Una promesa y una advertencia
Esa noche, Regina escribió en su cuaderno una frase que le salió como promesa y advertencia.
“Orientar no es prometer.”
Regina
Entendió algo nuevo del Derecho, pero también de la ética: cuando la gente tiene necesidad, se aferra a cualquier voz que suene segura. Y una mala orientación puede hacer más daño que el problema original.
Por eso, su aprendizaje no podía ser solo técnico. Tenía que ser responsable.
Y aunque le pesara que el barrio la viera como “la que sabe”, también vio una verdad: el conocimiento circula. Si ella aprendía, algo se movía alrededor.
No porque fuera heroína, sino porque el Derecho, cuando se vuelve lenguaje común, cambia las reglas del miedo.
Antes de dormir, Regina afinó la guitarra sin tocar ninguna canción completa. Solo afinó. Le gustaba escuchar la cuerda pasar de tensa a correcta.
Pensó en la vecina, en sus hijos, en la amenaza de chapa. Pensó en Daniela contando en el mercado que “su hija está en Derecho” como si fuera un escudo.
Regina seguía esperando la sentencia del proceso de alimentos. Ese tema aún no cerraba. Pero mientras esperaba, el mundo ya le estaba pidiendo otro escenario.
No era justo. Era demasiado pronto.
Y aun así, Regina sintió algo que la sostuvo: no estaba improvisando. Tenía método. Tenía preguntas. Tenía la capacidad de decir “no sé, pero vamos a ordenar”.
En el barrio, eso ya era una forma de defensa.
En conflictos como el desalojo, el primer riesgo es confundir amenazas con decisiones válidas: nadie debería ser expulsado por vías de hecho, sin proceso ni garantías mínimas.
Pero también existe un riesgo ético: la orientación informal puede generar expectativas indebidas y decisiones erradas. La intervención inicial más responsable consiste en ordenar hechos, identificar pruebas, distinguir documentos formales de simples presiones y encaminar a la persona hacia la vía adecuada.
Recordarlo importa, porque el Derecho no solo protege derechos patrimoniales: también protege la tutela jurisdiccional efectiva y el debido proceso frente a abusos cotidianos.
Preguntas para estudiantes
- ¿Qué límites éticos debería tener un estudiante de Derecho al orientar a vecinos o familiares?
- ¿Qué señales te harían sospechar que un “aviso de desalojo” es más amenaza que acto formal?
- ¿Qué hechos y medios de prueba son prioritarios para ordenar un caso de desalojo en su etapa inicial?
- ¿Por qué es importante distinguir entre el derecho del propietario y la prohibición de vías de hecho?
- ¿Cómo comunicar firmeza (“no pueden sacarte a la fuerza”) sin prometer resultados ni generar falsa seguridad?


