Capítulo 10: “El oral que no se ganaba con memoria”
Regina supo que era semana de examen por el ruido. No por el calendario, no por los anuncios, sino por el sonido particular de los pasillos cuando la gente tiene miedo: papeles en mano, cafés apurados, grupos repitiendo conceptos como mantras, risas nerviosas que se apagan rápido.
A ella la ansiedad se le manifestaba distinto. No era el “me voy a equivocar” típico, sino una sensación de saturación: demasiadas voces, demasiados estímulos, demasiadas posibilidades de que le pidan hablar cuando su garganta decide cerrarse.
El examen era oral. Eso, para Regina, era como tocar en vivo sin prueba de sonido.
Llegó temprano. Siempre temprano. Se sentó en su lugar de esquina, espalda a la pared, con la puerta en su campo visual.
En su libreta había una lista limpia, sin adornos: jerarquía de normas, tutela jurisdiccional efectiva, debido proceso, proceso (demanda, notificación, plazos, contestación), hechos vs opiniones, prueba y sustento normativo.
Había estudiado. Había leído. Había subrayado. Pero lo que en verdad la sostenía no era la memoria: era que todo eso ya lo había vivido.
El aviso
Cuando el profesor entró, el aula se calló de inmediato. No era un silencio amable, era un silencio disciplinado.
El profesor tenía ese estilo: exigencia sin gritos, pero con una presencia que no admitía improvisación.
“Hoy evaluamos”, dijo, sin preámbulos. “Oral. Uno por uno. Y les aviso algo: no quiero definiciones recitadas. Quiero razonamiento”.
“Si no pueden explicar con un ejemplo, no lo han entendido”.
A Regina le ardieron un poco las manos. No por miedo: por anticipación. Esa regla la favorecía, aunque nadie lo supiera.
El conflicto no era solo aprobar. El conflicto era el escenario: exposición pública, riesgo de bloqueo, el peso de que la gente mire cuando te toca hablar.
Los primeros
Un compañero pasó primero. Repitió conceptos bonitos, pero se enredó cuando el profesor preguntó: “¿Y eso para qué sirve? ¿Dónde lo has visto?”
La respuesta salió torcida. El profesor no humilló, pero no dejó pasar. “Si no se aterriza, es espuma”, dijo, anotando algo.
Otro estudiante intentó salvarse con frases difíciles. El profesor lo detuvo. “Con palabras grandes no se compran ideas pequeñas”, soltó, seco.
Regina tragó saliva. El ambiente se tensó. Varios empezaron a bajar la voz de tanto nervio.
Uno se quedó en blanco. Un murmullo recorrió el aula como un suspiro colectivo.
El volumen del mundo
Cuando dijeron “Regina”, sintió que el mundo subía de volumen de golpe, como si alguien hubiera girado la perilla.
Notó el zumbido de un fluorescente, un lápiz que golpeaba la carpeta, una tos al fondo. Todo a la vez.
Se puso de pie despacio. No miró a sus compañeros. Miró al profesor y, para anclarse, al borde del pizarrón.
“Empecemos”, dijo el profesor. “Explícame tutela jurisdiccional efectiva. Pero sin definición de libro. Quiero que me la muestres en un caso”.
Regina respiró. Contó por dentro: uno, dos, tres… quince. Y respondió.
“La tutela jurisdiccional efectiva”, dijo Regina, “se ve cuando una persona puede acudir a un órgano que resuelva un conflicto y que realmente avance”.
“No solo presentar y quedarse esperando sin respuesta. Por ejemplo, en un caso de alimentos: si la madre presenta demanda y el sistema la hace dar vueltas indefinidas o la deja sin pronunciamiento, la puerta es falsa”.
“La tutela es efectiva cuando la demanda se recibe, se tramita, se notifica y se conduce a una decisión”.
El profesor no cambió el gesto, pero la escuchó con atención real.
El cableado del proceso
“Bien. Ahora: debido proceso. Dime qué garantías mínimas ves en ese mismo ejemplo”, pidió el profesor.
Regina no se apuró. Enumeró como quien ordena cables: “Notificación para que el demandado se entere. Derecho a contestar. Oportunidad de ofrecer pruebas”.
“Respeto de plazos y de etapas. Y una decisión motivada, con razones, no solo ‘porque sí’”.
El profesor inclinó la cabeza apenas, como registrando la estructura. “Te falta una cosa”.
Regina sintió el pequeño golpe. Pero no se desordenó. Esperó. Pensó.
“¿Igualdad de trato?”, aventuró. “Que no se permita intimidación y que ambos puedan hablar sin que el volumen decida”.
El profesor sostuvo el silencio un segundo, ese silencio que asusta a muchos pero que a Regina le servía porque le daba espacio.
“Ahora sí”, dijo. “Continúa. Jerarquía de normas. ¿Por qué importa en el proceso?”
Regina recordó la frase de clase: el trámite no puede aplastar la justicia.
“Porque las formalidades del proceso tienen sentido si respetan garantías superiores”, explicó. “Si una regla menor se aplica de forma que impida defensa o acceso real, choca con tutela y debido proceso”.
“La jerarquía ayuda a entender que el procedimiento está para ordenar, no para bloquear injustamente”.
Plazos
El profesor caminó un par de pasos. “Plazos”, dijo. “¿Qué pasa si no subsanas dentro del plazo?”
Regina sintió la respuesta en el cuerpo; lo había vivido como frustración.
“El proceso se puede trabar. Se pierde oportunidad de avanzar. No porque la necesidad desaparezca, sino porque la etapa se cierra”, respondió.
“Por eso el plazo es una regla dura: obliga a actuar a tiempo. Pero también, si se usa de manera excesiva o sin razonabilidad, puede afectar la tutela”.
El profesor levantó la ceja, como quien ve algo interesante. “¿Y cómo distingues ‘regla dura necesaria’ de ‘formalismo que bloquea’?”
Regina sintió el desafío. Ese era el tipo de pregunta que no se contesta con memoria. Era razonamiento.
Pensó en una banda: el metrónomo puede ayudar, pero si te obliga a tocar una pieza lenta como si fuera rápida, destruye la música. La regla debe servir al fin.
“Lo distingo viendo si la formalidad cumple una función legítima”, dijo. “Notificar sí cumple una función: que la otra parte se defienda”.
“Pedir dirección verificable también, porque si no no hay notificación. Pero si se exige algo que no aporta a esa finalidad y solo retrasa, entonces se vuelve obstáculo, no garantía”.
El profesor no sonrió, pero su mirada se sostuvo en ella un poco más. No era aprobación fácil; era reconocimiento de método.
El caso cambia
Luego vino la parte que Regina temía: el profesor cambió el caso. “Ahora te doy otro supuesto”, dijo.
“Una persona afirma ‘se sabe’ que alguien gana dinero, sin documentos, solo ‘se sabe’. ¿Eso alcanza como prueba?”
Regina negó con calma. “No. Puede ser indicio informal, pero en proceso no basta”.
“Lo que ‘se sabe’ hay que convertirlo en algo verificable. Si no, se queda en opinión o rumor. Y el proceso no decide por rumor”.
La última pregunta
El profesor dejó el silencio caer otra vez. Luego hizo la última pregunta: “Entonces, ¿qué has hecho tú hoy?”
“Sin decirme conceptos: ¿qué método seguiste para responder?”
Regina sintió que esa pregunta era un espejo. Tragó saliva. Respondió simple.
“Tomé un caso real, separé hechos, garantías del proceso y conecté cada parte con su función”.
“No memoricé frases; expliqué para qué sirven”.
El profesor asintió una sola vez. Fue un gesto mínimo, pero para Regina pesó más que un aplauso.
“Si se responde así, el Derecho deja de ser repetición y se vuelve herramienta. No lo pierdas.”
Profesor
“Y lee más de lo que te piden”, añadió. “Porque cuando el caso cambie, la memoria se queda corta”.
Regina volvió a sentarse. Sintió la espalda húmeda. No por miedo, sino por descarga. Había pasado por un escenario difícil sin quedar atrapada.
Al terminar el oral, no sintió euforia. Sintió algo más estable: confirmación. No de “soy la mejor”, sino de “esto lo puedo sostener”.
Entendió que su aprendizaje tenía una diferencia: no estudiaba para repetir, estudiaba para que su vida no la atropelle. Y eso, aunque doloroso, era un motor.
Después
En el pasillo, un compañero le dijo: “Oye, ¿cómo hiciste para no trabarte?”
Regina dudó. No quería sonar misteriosa. Dijo la verdad más simple: “Lo pensé como un caso, no como un discurso”.
Y siguió caminando con sus audífonos puestos, sin música.
Esa tarde, Regina fue al ensayo. Llegó con la garganta cansada, como después de hablar demasiado. Tocó igual.
La guitarra le devolvió el orden que el aula le había exigido.
Entre canción y canción, pensó en la frase del profesor: “lee más de lo que te piden”. No era un halago. Era una invitación con responsabilidad.
Regina miró sus dedos. Esos dedos seguían siendo de música. Pero ahora también eran dedos que subrayan, que ordenan, que sostienen una idea frente a una pregunta difícil.
El Derecho no le gustaba como sueño. Pero empezaba a gustarle como instrumento: duro, exigente, y capaz de proteger lo que ella amaba sin pedir permiso.
Un examen oral revela si el aprendizaje es mecánico o funcional. En Derecho, comprender implica explicar para qué sirven las instituciones: tutela jurisdiccional efectiva, debido proceso, jerarquía normativa y reglas procesales como notificación y plazos.
Usar ejemplos reales muestra que el estudiante no solo memoriza, sino que razona: identifica la función de cada garantía, distingue formalidad necesaria de formalismo obstructivo y entiende que el proceso decide con sustento verificable, no con rumores ni provocaciones.
Preguntas para estudiantes
- ¿Qué ventajas tiene responder con un caso real frente a recitar definiciones? ¿Qué riesgos también puede tener?
- ¿Cómo explicarías la diferencia entre “formalidad necesaria” y “formalismo obstructivo” con un ejemplo cotidiano?
- ¿Por qué la tutela jurisdiccional efectiva y el debido proceso se complementan en un proceso de alimentos?
- ¿Qué técnicas podrías usar para ordenar una respuesta oral cuando el tema te abruma o te pone nervioso?
- ¿Qué significa “leer más de lo que te piden” en formación jurídica: más normas, más casos, más doctrina, o mejor criterio?


