Capítulo 1: “Acordes contra el corte”
Regina contaba los pasos desde la puerta de su casa hasta la esquina: uno, dos, tres… quince. Siempre quince. Ese conteo no era una manía “curiosa”, como decía la tía que todo lo explicaba con diminutivos, sino una forma de ordenar el mundo cuando el mundo se ponía ruidoso. Y esa semana el mundo estaba especialmente ruidoso.
En el comedor, que de noche también era sala y de día también era “donde se hace de todo”, su mamá revisaba recibos doblados con cuidado, como si el papel pudiera romperse de tanto mirarlo.
Los hermanos de Regina discutían por quién había usado más el cargador del celular. En la ventana, una vecina voceaba el precio del gas.
Y Regina, que tenía una sensibilidad precisa para detectar el caos antes de que estallara, sostenía su guitarra como si fuera un cinturón de seguridad.
No le gustaba la incertidumbre. No le gustaban las voces subiendo de volumen. No le gustaba que las conversaciones cambiaran de tema sin aviso.
Pero la guitarra sí le gustaba. La guitarra tenía reglas: cuerda, traste, presión, sonido. Si lo hacía bien, el sonido salía. Si lo hacía mal, el sonido se quejaba.
Era un mundo honesto.
Esa noche había ensayo con su grupo musical. Tocaban en cumpleaños, en pequeños eventos, en cualquier lugar donde alguien pudiera pagar lo suficiente para comprar arroz, pan y, con suerte, recargar el balón de gas antes de que el barrio se quede a oscuras.
Regina no soñaba con “ser famosa”. Soñaba con algo más simple y más difícil: que en su casa no se apagara la luz.
El papel
La mamá dejó el recibo sobre la mesa y habló sin dramatizar, como quien anuncia que mañana lloverá.
“Regina, vino un señor. Dice que si no pagamos hoy, mañana cortan”, dijo.
Regina levantó la mirada. “Un señor” podía significar muchas cosas. En el barrio, “un señor” era a veces un cobrador formal, a veces un vecino entrometido, a veces alguien que se aprovechaba del miedo.
Regina necesitaba detalles. Su mente los pedía como pide aire.
“¿De dónde?”, preguntó. La voz le salió más baja de lo que quería.
“De la empresa, dice… pero no sé. No tenía uniforme. Solo un chaleco raro. Me dejó esto”.
El papel era una hoja impresa con letras grandes, como si gritaran. “AVISO FINAL”. “CORTE INMINENTE”. “PAGO HOY”. “RECARGO”. Abajo había un número de celular escrito con lapicero.
Regina sintió que el pecho se le apretaba. No era solo por la luz. Era por la forma: la amenaza, el apuro, el tono. Como si la casa fuera culpable de existir.
“¿Nos cortan aunque…?”, quiso preguntar. Aunque paguemos algo, aunque se equivoquen, aunque no sea legal. Pero la frase se le quedó corta.
La mamá respiró hondo. “Regina, yo he tratado. He ido, he hecho cola. Me dicen una cosa y luego otra”.
“Y el señor este habló feo. Dijo que si no pagamos ‘por las buenas’, ya sabemos”.
En la palabra “sabemos” se escondían cosas que nadie quería decir: miedo, impotencia, vergüenza.
Regina tomó el papel. Lo miró como quien mira una partitura mal impresa: se notaba la trampa.
Si fuera un aviso real, ¿por qué el número escrito a mano? ¿Por qué el apuro de “pago hoy”? ¿Por qué el recargo sin explicar nada?
“Mamá… ¿tú le diste plata?”, preguntó Regina.
“No”, respondió la mamá. “Le dije que no tenía y que no me gritara. Y se molestó. Me dijo que mañana vuelve con ‘los del corte’”.
Regina apretó los dedos. Sintió el impulso de salir corriendo a buscar a alguien que “arregle”.
Pero su cabeza, aunque asustada, tenía una brújula: primero entender, luego actuar. La injusticia le dolía casi físicamente, como una cuerda desafinada que no se puede ignorar.
Ensayo
Esa noche Regina igual fue al ensayo, porque el ensayo era trabajo y el trabajo era comida.
El local era una bodega con sillas plásticas. El dueño les prestaba un espacio detrás, entre cajas y un congelador que sonaba como motor viejo.
Regina se colocó en el mismo lugar de siempre: de espaldas a la pared, con una salida visible. Necesitaba saber por dónde escapar si el ruido se volvía demasiado.
El baterista, un chico que hablaba rápido, notó su cara. “¿Todo bien?”, preguntó.
Regina dudó. Explicar lo que sentía era como tratar de describir un acorde a alguien que nunca escuchó música. Pero lo intentó.
“Nos quieren cortar la luz. Vino un señor. Amenazó”, dijo.
La cantante, que tenía una risa fácil y una mirada seria cuando importaba, dejó el celular.
“¿Y era de verdad? Porque a mi tía le hicieron esa. Le dejaron un aviso trucho, le metieron miedo y le sacaron plata”.
“Trucho”. Esa palabra le calzó al papel como un diagnóstico.
“No tenía uniforme. Tenía chaleco. Me dejó un número escrito a mano”, respondió Regina.
“Clásico”, dijo la cantante. “Eso no suena formal”.
Regina sintió algo parecido a alivio. No estaba imaginando cosas. No era “exageración”. Había patrones.
El dueño de la bodega intervino sin acercarse mucho, como quien no quiere meterse pero igual se mete.
“Miren, una cosa es que deban y otra cosa es que venga cualquiera a asustar. Si hay deuda, hay procedimientos”.
“No pueden amenazar. Y menos pedir pago por celular así nomás”.
“Procedimientos”. La palabra le quedó resonando. Procedimientos eran como compases: orden, secuencia, límites.
Si alguien se saltaba el compás, la música se rompía.
Regina no sabía Derecho. Todavía no. Pero sabía reconocer cuando alguien se aprovechaba del desorden para imponer su voluntad.
Volver con la noche encima
De regreso a casa, la calle estaba más oscura de lo habitual. Regina pensó en lo que pasaría si les cortaban: los hermanos sin tarea, la mamá cocinando con vela, el celular sin carga para llamar en emergencia.
Y pensó en el señor amenazando, disfrutando del miedo como quien toca fuerte para tapar a los demás.
Entraron. La mamá seguía con los recibos. Regina se sentó, puso el papel sobre la mesa y habló como cuando explica un acorde: paso a paso.
“Mamá, esto puede ser falso. No tiene datos claros. Tiene un número escrito a mano. Y dijo cosas… que no debería decir alguien formal”.
La mamá la miró como se mira a alguien que está creciendo sin permiso. “¿Y qué hacemos?”
Regina sintió el peso de esa pregunta. “Hacer” implicaba tomar decisiones en un mundo que ella prefería predecible.
Pero su sentido de justicia era más fuerte que su miedo.
“Primero, no le damos plata a ese número. Segundo, guardamos este papel. Tercero, mañana yo te acompaño a preguntar directamente”.
“Y si vuelve a amenazar, grabamos su voz. O alguien más lo escucha”.
La mamá frunció el ceño. “¿Grabar? ¿Eso se puede?”
Regina no estaba segura de “si se puede” en términos legales, pero sabía que el abuso se alimenta de silencio.
Y también sabía que la verdad necesita pruebas para existir fuera de la cocina.
“No sé cómo se llama, mamá. Pero sé que no es justo que te hablen así. Y si alguien se aprovecha, hay que… demostrarlo”.
La mamá, cansada, sonrió apenas. “Tú siempre has sido así, hija. No te quedas callada”.
Regina bajó la mirada. No era valentía pura. Era otra cosa: cuando algo era injusto, su cabeza no podía pasar de largo.
Se quedaba pegada, como una melodía insistente. Y esa insistencia, que a veces le hacía difícil la vida, esa noche podía salvarlos.
Una regla simple
En su cuarto, Regina se acostó sin dormir. Escuchaba los sonidos del barrio como si fueran instrumentos desordenados.
Se repitió una idea simple, casi como una regla musical: amenaza no es argumento. Miedo no es prueba. Papel no es verdad.
No sabía aún cómo se defendía uno “legalmente”. Pero sí entendió algo fundamental: la realidad tiene conflictos que necesitan un lenguaje para resolverse sin violencia.
Y si ese lenguaje se llama Derecho, entonces quizá, solo quizá, no era una carrera tan lejana a su vida.
La guitarra no solo servía para ganar dinero. También le había enseñado disciplina, paciencia, estructura.
Tal vez esas mismas herramientas podían servir para otra cosa: para que nadie en su casa vuelva a sentirse pequeño frente a alguien que grita.
Al día siguiente, antes de salir, Regina volvió a contar los pasos hasta la esquina: uno, dos, tres… quince.
Se acomodó la mochila con la guitarra. No sabía si iba a tocar esa noche. No sabía si habría corte. No sabía si el señor volvería.
Pero sabía que no iba a responder con miedo.
Iba a responder con orden.
Y, por primera vez, ese orden no venía de un acorde: venía de una decisión.
En los conflictos cotidianos, es clave distinguir entre un reclamo legítimo y un abuso basado en intimidación.
Que exista una deuda o un pago pendiente no autoriza a nadie a amenazar, humillar o exigir “pagos urgentes” fuera de canales formales.
La defensa empieza por acciones simples: verificar información en fuentes directas, no entregar dinero a intermediarios dudosos, conservar documentos y registrar hechos relevantes.
Porque la justicia, en la práctica, suele depender de lo que se puede demostrar y no solo de lo que se sabe.
Preguntas para estudiantes
- ¿Qué elementos del “aviso” le hacen sospechar a Regina que puede tratarse de una intimidación o fraude?
- ¿Qué diferencia hay entre “tener una deuda” y “que te cobren con amenazas”? ¿Por qué esa diferencia importa jurídicamente?
- ¿Qué medidas concretas (sin violencia) puede tomar una familia ante una cobranza agresiva para protegerse y ordenar el problema?
- ¿Qué tipo de información o evidencia sería útil si el caso escalara a una denuncia o queja formal?
- ¿Cómo influye la necesidad económica en la vulnerabilidad ante abusos, y qué rol puede tener el Derecho para reducirla?


